Andrés Paredes: el más allá del paisaje

Espectáculos

Su obra, signada hasta hoy por la belleza de lo natural, extiende su mirada a lo humano.

El espacio de arte de la Universidad ESEADE presenta en estos días “Honrar Raíces”, una exposición virtual del artista misionero Andrés Paredes (1979), radicado durante estos últimos cuatro años en el barrio de La Boca. Desde su Apóstoles natal, Paredes trajo los árboles huecos que seducen con la belleza de sus troncos ondulados mientras hablan de la desertificación de los bosques. Después, junto a los diseños que replican las formas de la selva, las enredaderas y los brotes, llegaron las mariposas, las cigarras, las exuvias y los insectos, las orquídeas y los frutos. Su arte expresa la admiración que despierta la arquitectura jesuítica y la naturaleza exuberante que lo albergó durante su vida. Si bien antes de la muestra actual ya estaban presentes en sus obras las reflexiones sobre las tensiones del Barroco, el claroscuro y la presencia de la muerte, el drama del hombre había estado ausente hasta hoy, o, al menos, nunca había sido planteado con esta crudeza manifiesta.

El aislamiento obligado de esta pandemia activó la memoria con una fuerza semejante a la de Marcel Proust: vívida e involuntaria. El escritor, aislado por el asma y otros motivos, emprendió la búsqueda del “tiempo perdido” y encontró el sentido que esconden ciertos momentos del pasado. Un abismo separa las “evocaciones penetrantes” de las visiones de los sufridos trabajadores misioneros. Y, sin embargo, el recuerdo trae el impulso para la ejecución de “Testimonios”, un conjunto de obras “completamente diferentes del paisaje tan recurrente en mi producción”, afirma Andrés Paredes. Hay dos esculturas en la muestra, dos testimonios con las bolsas de arpillera que cargan los llamados “tareferos”, nombre que designa a los trabajadores mayormente irregulares de las cosechas de yerba mate. En un pasado no muy lejano, se pueden rastrear en Misiones un régimen casi feudal, el trabajo infantil y las viviendas para la esclavitud. “Me llegaron muchas ¨ponchadas¨, esas arpilleras plásticas que se usan en la cosecha de la yerba. Me llevó tiempo saber qué iba a hacer con ellas, ya que remiten a la tierra, la yerba, el sudor, el esfuerzo de trasladar sobre las espaldas 100 kilos de yerba. Construí cuerpos pesados con forma de rizomas y coloqué dentro de ellos cientos de kilos de yerba mate. Son grandes reservas de energía”, aclara el artista.

Dueño de un genuino virtuosismo, las líneas y diseños de Paredes poseen excepcional precisión. Entonces, y acaso para desafiar la facilidad de su trabajo, estrena dibujos realizados con la mano izquierda. Y de este modo cuenta las circunstancias que lo llevaron a emprender la experiencia: “Al perder total contacto con la naturaleza y mirarla a lo lejos desde la ventana, la inspiración normalmente anclada en el paisaje exterior optó por mirar para adentro”. Agrega que procesó esta realidad “como una toma de conciencia del propio cuerpo, como bajar de peso o reconocer el cuerpo que ya no es tan joven. Así pude darme cuenta de que los fenómenos naturales que inspiran mi obra estaban sucediendo dentro mío. Perdiendo el control de la mano dominante, simplemente disfruté de explorar la mano izquierda, dejar que salga lo espontáneo en cada garabato”. En el contexto de una obra donde la línea es una cuestión central, determinante del estilo, este nuevo ensayo sorprende al artista. Y así, frente al resultado de la experiencia, observa: “Después de haber buscado la organicidad de la línea durante años, recién aparece ahora de forma potente y verdadera, con una carga orgánica que nunca había visto”.

De este modo, cuesta ubicar a las nuevas formas, son tan ambiguas que pueden ser raíces, órganos humanos, pertenecer al reino animal o vegetal, vivir en la tierra, el agua o el aire. Los dibujos de Paredes siempre se han podido comparar con tejidos que crecen y llenan espacios, se apoderan de la superficie disponible imitando a las lianas o enredaderas, y permanecen atados a la evocación y el recuerdo de habitar la naturaleza. Pero la energía y el afán experimental aumentó, al punto de utilizar la sangre como pintura, roja, al igual que la tierra de su propio territorio. Aunque unas formas similares y también rizomáticas están pintadas con acuarelas de colores radiantes.

Hay 14 obras en la exposición, y cada capítulo -Linaje, Relaciones, Cúpulas de Reconstrucción y Testimonios- “actúa como un núcleo de sentido que propone un abordaje conceptual en particular y, al mismo tiempo, puede desencadenar en innumerables asociaciones”, sostiene la curadora Florencia Nicolau en el ensayo que acompaña la muestra. Las esculturas colgantes realizadas con trapos y llamadas Cúpulas de Reconstrucción, ostentan los reflejos y resplandores de los cristales, piedras de cuarzo, amatistas y azufres. Esta serie está íntimamente relacionada con la obra anterior del artista, pero la intensidad ha cambiado. Las “Raíces” se han liberado del gesto, la percepción exclusivamente sensible de las cosas y esa vieja sensación placentera de dejarse llevar por el camino que conduce a la belleza. En la trayectoria artística de Paredes, la muestra actual implica un quiebre. Este momento bisagra puede provocar cambios conceptuales y estéticos. Nadie puede asegurarlo, pero más allá de su narrativa, la obra exhibe una transformación liberadora.

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