29 de abril 2002 - 00:00

Artistas reflejan la crudeza de la crisis

Foto de Christiano Junior
Foto de Christiano Junior
"Quien cree que el arte ofrece un espacio para la evasión, se equivoca", comentó días pasados en la galería Ruth Benzacar una invitada al vernissage de Jorge Macchi. De modo sutil, pero incisivo, el artista plantea situaciones de desintegración, caída y disolución. Como en las diminutas flores del empapelado que cubren una pared de la galería y en un punto comienzan a caer desordenadamente, o en la huella de un zapato que se expande hasta que su forma se desdibuja, o en los discursos vacíos, donde sólo se observan las numerosas comillas. Más dramática, la violencia está presente en una partitura de Erik Satie escrita con notable precisión, pero con clavos, a martillazos. La exposición mantiene un tono poético, pero no deja de ser un reflejo de la realidad actual, es decir, de las dudas y sobre todo, las sensaciones angustiosas que provoca la realidad argentina.

En la Fundación Proa no hace falta ser un experto en arte para percibir la desilusión que provoca la catástrofe del país. Las tres muestras que se exhiben en estos días, pueden verse como exposiciones autónomas o, por el contrario, con espíritu revisionista, como tres momentos de intensa significación histórica. En la primera sala, las joyas realizadas por los indios mapuches en el siglo XIX y presentadas en vitrinas de terciopelo como productos sofisticadas, muestran el impactante esplendor de una cultura cuya creatividad se extinguió casi por completo arrasada por la «civilización».

•Serie


Luego, la serie de fotografías de Christiano Junior, imágenes tomadas entre los años 1867 y 1883 en la zona de Cuyo, el Noroeste y Buenos Aires, documentan el país que con paso firme se encaminaba hacia el progreso. Campos de extensión desmesurada, fábricas, las primeras expresiones de una arquitectura elegante y de la ingeniería pública; el teatro Opera, iglesias, escuelas, el ferrocarril; las ciudades de Buenos Aires y Mendoza cuando comienzan a gestar su grandeza y, también, «las bellas cualidades morales que adornaban a la sociedad» y no escapaban a la lente de Junior, que reproduce la psicología de una burguesía provinciana, confiada, viendo el país crecer frente a sus ojos. La tercera muestra de Proa, «Sangre», es una serie de 26 tomas en blanco y negro que el joven reportero gráfico Diego Levy realizó entre los años 1999 y 2001 en la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores. Las fotografías, con intenso contraste en blanco y negro articulan un ensayo objetivo sobre la crisis social, y en crudas imágenes registran el crimen y el delito callejero. Sin esconder el horror, Levy, que con apenas 28 años acaba de fundar una agencia de reportajes fotográficos («Sudacaphotos») y recibió el primer premio de la prestigiosa Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, muestra la degradación del paisaje porteño: los cuerpos abiertos, la muerte inesperada y la violencia ciega que acecha al hombre en la calle.

El recorrido por las tres salas, remonta el mito del origen y la utopía del porvenir para culminar en las imágenes de una masacre que, en el contexto del museo, pierden el carácter de crónica policial para convertirse en testimonios de los cambios estéticos y éticos del país.

En el Centro de Estudios Brasileños, el artista Efrain Almeida presenta tallas en madera con reminiscencias del barroco americano. Dos pequeñas manos mutiladas con el estigma de la sangre en sus palmas diminutas, estimulan nuevamente la memoria. La obra evoca el origen cristiano del estigma, el sentido que le otorgó la cultura jesuítica en nuestro continente y, además, la vigencia actual del sufrimiento.

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