26 de junio 2008 - 00:00

Asombroso Joshua Bell reafirmó su gran virtuosismo

Joshua Bell (violín) y Frederic Chiu ( piano). Obras de Tartini, Beethoven, Prokofiev, Tchaikovsky y Sarasate. (Teatro Coliseo.)

De chico, Joshua Bell Dvivía en Bloomington, Indiana, y estaba fascinado por la computación y el tenis. Años más tarde, junto con Josef Gringold, descubrió su verdadera vocación y dedicó todos sus esfuerzos al violín. No le ha ido nada mal. En la actualidad Bell es considerado un violinista perfecto. Si bien ya había tocado en el Colón hace un par de años, ahora volvió para animar dos conciertos de los ciclos de abono del Mozarteum Argentino.

En su recital en el Coliseo incluyó obras de compositores barrocos, clásicos, románticos y contemporáneos conformando un amplio fresco estilístico. Comenzó con la Sonata en si menor, «El trino del Diablo», de Giuseppe Tartini y pasó luego al Beethoven de la Sonata a « Kreutzer» (La mayor, Op. 47).

Serguei Prokofiev (Sonata N° 1 en Fa menor, Op.80), la «Melodía», de Tchaikovsky y la «Introducción y tarantella», de Pablo de Sarasate cerraron el programa, al que agregó dos bises: «Estrellita», de Ponce y la marcha de «El amor por tres naranjas», también de Prokofiev.

Asombró, una vez más, su versatilidad para transitar de un estilo a otro. Su amplio gesto plástico siempre acompañó el desarrollo del recital, con fraseo refinado y un virtuosismo indeclinable a lo largo de las exigencias que le plantearon las obras.

Los contrastes en Beethoven de potente enfrentamiento, el lirismo del andante de Prokofiev y la atmósfera poética de Tchaikovsky fueron ideales para los músicos rusos y, como era de imaginar, el segmento final tuvo los fuegos de artificio que el público esperaba y que Bell no retaceó. Su técnica permitió un trazo de bravura sobrio y espectacular. En el piano, el asiático Frederic Chiu se unió al violinista con una técnica excepcional y una comprensión estilística.

Dejá tu comentario

Te puede interesar