22 de agosto 2002 - 00:00

Atroz parodia de un reality show

Escena de Batalla Real
Escena de "Batalla Real"
«Batalla Real» («Battle Royale», Japón, 2001, habl. en japonés) Dir.: K. Fukasaku. Int.: T. Kitano, T. Fujiwara, A. Mae-T. Yamamoto. da,

Sacadas de contexto, algunas escenas de "Batalla real» podrían salir de una estudiantina tipo «Melody» o «Chiquititas». El contraste entro lo ingenuo y lo cruel es el truco de esta obra maestra que, una vez que decante su costado polémico, mantendrá su talento.

La polémica y el debate no sólo son comprensibles, sino también saludables: después de todo, ése es el mayor sentido de «Batalla real». No es que se vea mucha más sangre que en otro film actual, sólo que en este caso la violencia funciona por contraste con los uniformes de colegio de quienes la padecen. De hecho, uno de los momentos más terribles es la entrega a cada chico del bolso con armas, arrojado uno a uno por un militar antes de echarlos del aula.

El planteo de Kinji Fukasaku es implacablemente ético: el triunfo nunca será de quien se entrega a las reglas para ganar el juego, sino de quien no deja de luchar contra ellas. «Batalla Real» es una fábula ingenua, perfectamente diseñada para explorar los puntos sensibles de una sociedad mediática, tecnológica e hipercompetitiva. Fantaseando con las posibilidades de los reality shows, el escritor de la novela original Koshun Takami inventó una competencia muy simple: los alumnos de un cuarto año nacional japonés son enviados a una isla donde deben eliminarse entre sí hasta que quede un solo ganador.

Desde siempre, los films con adolescentes violentos desataron fuertes polémicas (hasta «Semilla de Maldad» de Richard Brooks fue censurada en la década del '50-, pero los estudiantes obligados a matar o morir en «Batalla Real» son personajes totalmente diferentes a los de «La Naranja Mecánica»: ellos no querrían estar en esa situación por ningún motivo. Algunos se suicidan angustiados, muchos tratan de negar la realidad -una de las mejores escenas es un alegre almuerzo entre niñas que termina muy mal-, algunos «tragas» se toman muy en serio la tarea asignada, y sólo unos pocos se resisten hasta el último minuto a no encontrar una opción que no incluya ser liquidado o liquidar a los demás.

Tanto en esta idea como en los decorados desolados aparecen ecos del film de John Boorman, «Infierno en el Pacífico», donde Lee Marvin y Toshiro Mifune intentaban una amistad imposible entre soldados enemigos.

A los 15 años, el director
Kinji Fukasaku trabajaba en una fábrica de municiones bombardeada a diario. Cada día el pequeño Kinji debía cargar los cuerpos calcinados de los compañeros de colegio que habían tenido menos suerte que él. Cuando terminó la guerra, tanto él como los otros sobrevivientes comprendieron lo absurdo de ese sacrificio.

A los 70 años, recién el codirector de
«Tora, Tora, Tora» pudo encontrar el modo de llevar al cine esa terrible experiencia. Su hijo -y guionista-Kenta le dio a leer «Batalla Real», y ambos decidieron que el nivel de violencia, por mayor que fuera, nunca incluiría las horrendas experiencias que el director vivió en 1945. También le agregaron cierto sentido del humor lunático -aprovechado a tope por el profesor que interpreta Kitano.

La idea parece haber sido que ni ésta ni ninguna película es más cruel que la vida real, ni en Japón, ni en ningún otro lugar del mundo.

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