31 de julio 2001 - 00:00

Audaz variante: hasta con títeres se hace erotismo

Sergio Rosemblat.
Sergio Rosemblat.
(30/07/2001) En los últimos años centró su trabajo en la producción multimedia. Desde ese lugar participó en espectáculos de la talla de «Lady Macbeth de Mtsensk», la ópera de Dmitri Shostakovich que Sergio Renán estrenó el año pasado en Madrid y este año en Buenos Aires.

Esta temporada, Sergio Rosemblat volverá de lleno a la dirección con «Sobremonte padre de la patria» de Ignacio Apolo, cuyo estreno está previsto para el próximo 25 octubre en la Sala Martín Coronado del Teatro San Martín, con Franklin Caicedo y Pompeyo Audivert en los papeles principales.

Rosemblat reconoce que su nueva puesta también «tendrá mucha tecnología», pero entretanto dedica su atención a un trabajo mucho más artesanal. Se trata de «12 polvos», un show de «títeres porno» interpretado por una veintena de actores entrenados para la ocasión, entre los que se encuentra la modelo y actriz Carolina Peleritti.

A veinte días de su estreno, este espectáculo que combina sexo, títeres y humor (va viernes y sábados a la 1 en la sala Belisario, de Corrientes 1624) se ha convertido en la nueva atracción de la trasnoche teatral porteña. Dialogamos con él.

Periodista: Usted formó parte hace años del Grupo de Titiriteros del San Martín ¿A qué se debe este regreso al teatro de títeres desde un lugar tan «irreverente»?

Sergio Rosemblat: Ariel Bufano fue un gran maestro para mí. Con él aprendí mucho, no sólo de títeres sino también de puesta en escena. Y fue en una de nuestras charlas que surgió esta idea de hacer títeres porno. Bufano sostenía que había cosas que se podían hacer con títeres y otras que no. Pero como yo insistí con lo de la pornografía, él me desafió a que hiciera algo con eso. Desde ese día y cada vez que nos cruzábamos me decía: «¿Y pibe? ¿Para cuándo tu espectáculo porno? Recién ahora pude llevarlo a cabo, impulsado quizás por mi necesidad de volver a dirigir un proyecto que estuviera bien alejado de lo tecnológico. Los títeres me permitieron trabajar desde lo puramente artesanal.

P.: ¿Pero no se le fue un poco la mano con el uso que le dio a estos títeres?

S.R.: Me gusta esa terrible y aparente contradicción que se da entre la ternura implacable del títere y la dureza de lo porno. Si un logro tiene este espectáculo es que la gente que lo ve pasa de la vergüenza a la ternura sin transición.

P.: ¿Cómo reacciona el público?

S.R.:
La reacción del público es increíble, hasta a mí que veo mucho teatro me sorprende. Pocas veces vi una platea que reaccione así ante un espectáculo teatral. La gente se para, le grita cosas a los títeres, aúllan con el strip tease (la que se desnuda es una mujer policía de 40 cm de altura) o piden que algunos números se repitan. Y estoy hablando de un grupo de lo más heterogéneo. Nosotros, en principio, apuntamos a un público joven (de 20 a 25 años) por eso las funciones son de trasnoche, pero 50% de los que vienen son mayores de cuarenta años.

P.: ¿Cuáles fueron sus pautas de trabajo?

S.R.: Cuidé de que ninguno de los actores se sintiera incómodo con la historia que quería contar. No tomamos temas escabrosos o decididamente perversos como la pornografía con niños o el snuff, donde se filman escenas de asesinatos supuestamente reales.

P.: ¿Pero cómo puede representarse algo así?

S.R.: Se puede representar descuartizando a un títere mientras otro tiene un orgasmo, por ejemplo. Muchas cosas se podrían hacer, pero todo lo que es perversión quedó afuera.

P.: También quedó fuera la zoofilia.

S.R.:
Bueno, en realidad, tenemos dos números preparados, uno de ellos con un perro salchicha, pero por ahora quedaron fuera del espectáculo porque había otros mejores.

P.: En la obra hay escenas de sexo oral, sodomía, incesto y necrofilia ¿No se inhibían los actores con este material?

S.R.: Es una temática particularmente incómoda para compartir grupalmente, por eso nos apoyamos mucho en Internet. Creamos una «comunidad», un sitio al que sólo accedemos sus integrantes para discutir distintos temas e intercambiar imágenes, textos, audio y todo lo que querramos. Esto dio lugar a la figura del «anónimo» que sirvió para que los integrantes del grupo pudieran volcar todas sus fantasías porno libremente. Gracias a ese espacio virtual nadie supo nunca de quién era cada una de esas fantasías.

P.: Pero, ¿no los asustó la propuesta?

S.R.: Al principio me miraban raro, creían que todo esto era un chiste o torcían la cara pensando en las dificultades de llevar estas historias a escena. Los integrantes del grupo tienen tres características en común: todos son actores, querían trabajar grupalmente y ninguno tenía experiencia previa en títeres. En los primeros encuentros hubo inhibiciones y vergüenzas, pero la diferencia generacional que tengo con ellos ayudó a que pudiera comprenderlos, acompañarlos y contenerlos, lo que no es nada fácil tratándose de actores. El actor es un animal muy extraño.

P.: ¿En qué sentido?

S.R.:
Le es más importante un aplauso que un plato de comida.

P.: ¿Consultó material pornográfico?

S.R.:
Hice algunas averiguaciones muy interesantes. Si digo la cantidad de abonados al cable que contratan el canal porno no lo va a creer. Es un porcentaje altísimo, ni qué hablar de la industria de sexo que circula por Internet. También consultamos comics porno y la bibliografía clásica, Georges Bataille, Sade, Sacher-Masoch, Marguerite Yourcenar... y en el espectáculo aparece un texto de Voltaire. También hicimos averiguaciones entre amigos y gente muy cercana.

P.: ¿Cómo vivió el grupo este bombardeo erótico?

S.R.: La única prohibición que establecí es que no podían tener sexo entre ellos, por lo menos hasta después del estreno.

P.: ¿Por qué?

S.R.:
Porque las relaciones amorosas deterioran a un grupo y en este caso nos habría quitado material de trabajo. Acá lo que importaba era la posibilidad de generar fantasías, no su concreción.

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