«Bar El Chino» ( Argentina, 2000-2003, habl. en español). Dir.: D. Burak. Int.: B. Olmi, J. La Torre.
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En marzo de 2001, a un costado del festival marplatense, Daniel Burak mostró por primera vez las imágenes que había ido juntando del Bar El Chino. Lo hizo en una tanguería bien amplia y bonita de una zona céntrica pero apacible. Nunca hubiera podido hacerlo en el propio Bar El Chino, que como los iniciados saben es chico, cualunque, y a cierta hora de la noche no todos se animan a cruzar Pompeya para visitarlo. Los que se atreven, o los que ignoran esos peligros más o menos inflados, saben que El Chino es algo así como la luz de la amistad en la noche porteña, y que no importa si uno canta fulero, porque igual van a quererlo.
Aquella noche, la luz llego hasta Mar del Plata. Se armó espontáneamente una peña preciosa, y había que ver a los muchachos colombianos de «La virgen de los sicarios» cantando, y muy bien, junto a una veterana del escenario, como se sabían de memoria viejos tangos canyengues, y se emocionaban de estar en la patria de Gardel, ellos que venían propiamente de Medellín. Pero esa es apenas la décima parte de lo que uno puede ver una noche cualquiera en El Chino.
Lo único que Burak no vio, fue plata para seguir la filmaciones Y a los pocos meses Jorge García, El Chino, se murió. Y encima vino el corralito. Con lo poco que tenía, Burak siguió adelante. Alguien le aconsejó dar un gran salto y completar su material con una ficción. Un mal consejo, pero entre los festivales de Toulouse y San Sebastián la idea tomó cuerpo y así es como finalmente vemos esto que es más o menos como dos películas en una. La más interesante sigue siendo la documental, con unos personajes únicos, que transmiten la verdad de primera mano, como ese matrimonio de gente grande, que el tipo sigue cantando que da gusto, y la mujer lo sigue queriendo como cuando eran jóvenes, o ese tano que cada vez que vuelve a su paese extraña el Riachuelo, y «el corazón me hace tic allá, y tac acá».
La otra parte, la ficcional, es medio forzada y desvaída, pero un poco logra interesar, porque cuenta los padecimientos de un cineasta para hacer precisamente ese documental, mientras trabaja en otra cosa y el hijo está en España, así el espectador piensa que eso es precisamente lo que le pasó al autor, aunque en realidad lo más interesante es una morochita muy agradable llamada Jimena La Torre, que vale la pena ver y seguir. Igual, el corazón hace tic con todas las ganas en la parte documental, y el tac de la otra parte apenas se siente. P.S.
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