23 de octubre 2003 - 00:00
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Paikea viene al mundo en medio de una tragedia: su madre muere en el parto y con ella su hermano mellizo. Era el muerto y no ella quien debía llevar ese nombre ya que, según la leyenda, Paikea fue el primer líder que llegó del océano montado en una ballena. Como los sucesores siempre son elegidos entre los primogénitos de cada generación, la noticia golpea doblemente al abuelo de la recién nacida y líder actual. Es que él ya había fracasado con el padre de la chica (su primer hijo), un artista que prefiere irse a Europa, dejando atrás la hija y el pesado mandato paterno. Pese a todo, el viejo llega a amar a la nieta que está obligado a criar, aunque no tanto como para llamarla por su sacrílego nombre, ni, mucho menos, enseñarle las habilidades de un jefe. De modo que, perdido por perdido, decide adiestrar a los púberes extrafamiliares de la aldea, a ver si alguno da con el perfil, prohibiéndole a Paikea cualquier aproximación.
Niki Caro, guionista y directora de exquisita sensibilidad cuya primera película no fue estrenadaaquí, se centró en esos ritos de iniciación y en la relación de amor y rechazo que establece el viejo con su adorable nieta. Ella lo reverencia por sobre todas las cosas, pero también cree cumplir los requisitos del cargo, así que lo desobedece y se entrena a escondidas.
«Jinete de ballenas» combina con naturalidad la mitología maorí (que permite imágenes estética y metafóricamente deslumbrantes, sobre todo hacia el final) y la realidad de esta gente, sin cargar tintas, sino sugiriendo. Por ejemplo, si bien el abuelo es un hombre atrabiliario, se llega a captar el tremendo peso de la tradición también sobre él, entre otras cosas. Pero, si este bello relato consigue seducir como lo hace (de sus varios premios en festivales, buena parte se los dio el público) es gracias a Keisha Castle-Hughes, una mágica noactriz de 11 años, el alma de la película. Véase nomás esa confesión en un acto escolar, donde su inocencia trasciende la cámara, como para hacer llorar irresistiblemente a toda la platea. También hay mucho para sonreír y la sonrisa persiste a la salida del cine.



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