«Raúl Barboza, el sentimiento de abrazar» (Argentina, 2003, habl. en español). Dir.: S. Di Florio. Guión: G. Maglie, S. Di Florio. Documental.
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A penas 72 minutos, casi lo mismo que un recital, dura este placentero seguimiento del artista chamamecero. Un seguimiento físico y sentimental que atiende experiencias actuales y recuerdos de infancia, caminatas por París y recorridas por el litoral, concentraciones y expansiones, soledades tranquilas y ensayos apenas un poquito menos tranquilos. Y la música, que se hamaca, se exalta, se vuelca, se entrega. Y la voz, una voz musical, armoniosa, nunca imperativa.
En frases despaciosas, como para que queden bien asentadas, o medio al galopito, como soltando su pensamiento, el hombre empieza por explicar que el paisaje lo lleva adentro. Hace ya quince años que vive en París. Cuando se fue, ya tenía cincuenta, y estaba empezando de nuevo. Cuenta, como de paso, que debió caminar mucho, porque el comienzo no le fue nada fácil. Pero no dice, la película tampoco lo señala, que después triunfó, que recibió premios al mejor disco del año, y hasta fue condecorado como caballero de las Artes y las Letras.
Su vida es siempre ir y volver, estar acá y allá, y sin extrañar nada, porque con él lleva su propio mundo. En su cabeza oye el canto de los pájaros de su tierra, y en su balcón de Montmartre alimenta un gorrioncito que viene a visitarlo todos los días. La cámara lo registra, en edición abreviada. Tiene tanto para registrar y transmitir. Acaso no está todo lo que uno quisiera. Faltaría, por ejemplo, un mayor contexto de público en los conciertos. Pero está, muy bien hecho, el retrato del hombre en movimiento.
Los viajes por las rutas, mirando todo el tiempo por la ventanilla. O a un costado del asfalto, recobrando con sus amigos guaraníes «el caminar de los hombres de la selva». Los viajes cuando cierra los ojos y se va en sus acordes, mientras los dedos caminan por el teclado, tal como le enseñara don Damasio Esquivel, a quien cita, junto con Isaco Abitbol, Ernesto Montiel, Estigarribia, Tarragó Ros padre, y su propio padre don Adolfo, que hace tanto viajó desde su provincia a trabajar como estibador en el puerto de Buenos Aires, y quién sabe si al mirar los barcos haya imaginadoque su hijo andaría hasta en avión, a dar recitales en Tokio, Moscú o Montreal. El viaje que ese hijo empezó de niño, aprendiendo a tocar «la verdulera» a la sombra de un árbol.
A veces lo acompaña un discípulo, Antonio Figueroa, u otro artista, como el Choly Soria, Amadeo Monges, Alfredo Remus, o el Chango Spasiuk. Pero salvo ocasionales comentarios de alguno de ellos, la voz que se oye en este documental es la del propio Barboza. Y el amor que se transmite es el que él mismo siembra. «El amor no se consigue con ensayos, eso se da porque se tiene», dice antes de enfrentar al público, escudado detrás del instrumento con el que sale al mundo, y al que abre y abraza, alternativamente, como quien se muestra al mundo y abraza su alma al mismo tiempo. «Es enfrente a la vida, que yo toco», desliza casi de pasada.
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