Bellas alfombras de antigua técnica

Espectáculos

Una verdadera fiesta visual son las alfombras de bordo de Clara Díaz que se exhiben hasta el 24 de marzo en el Museo Nacional de Arte Decorativo (Av. del Libertador 1909). El término que significa montículo o elevación, remite a los relieves de la alfombra cuya tradición proviene del medioevo español y que alcanzó su auge cuando se colgaban de los balcones para las ceremonias reales y religiosas del período barroco. Llegó a América y se convirtió en un barroco mestizo que se desarrolló en el Cuzco para luego recalar en Córdoba. Es aquí donde floreció bajo los jesuitas, una tarea que estuvo a cargo de las niñas huérfanas y según cuenta el Padre Furlong, el virrey Vértiz llevó un ejemplar a España provocando la admiración de la Corte.

Tenían dos destinos fundamentales: cubrir los estrados donde se reunían las mujeres a conversar y cubrir los pisos cercanos a los altares donde los fieles podían proteger sus rodillas. Aún se pueden admirar antiguas alfombras de bordo en el museo de la Casa Histórica en Tucumán y en el Convento de las Monjas Catalinas de Córdoba que se expone al público una vez al año en la fecha de su fundación el 2 de julio.

Clara Díaz vive en Maza Sacate (Pueblo de agua) al oeste de Ischilín, en un solar histórico donde, sobre su falda y en el suelo de acuerdo a la tradición monjil, teje estas maravillas coloridas que miden entre 4 y 6 m, pesan de 7 a 10 kilos y cada ejemplar le lleva casi un año de trabajo. Después de dibujar sobre la arpillera o el canavá, se borda con punto cruz o pata de gallo el fondo, o sea lo que quedará por debajo del nivel del bordo. Cada motivo se borda y todo se encierra en una guarda a manera de un marco. Y la lana que forma los dibujos se va enlazando en un alambre que al quitarse permite que los dibujos queden en relieve.

«Para tejer estas alfombras hay que sentarse en el suelo, conversar y observar, no es una forma de aislarse sino de relacionarse con la gente y la naturaleza», señala la autora. La naturaleza es, precisamente, la protagonista: granadas, como las del Cántico Espiritual, canción 3ª de San Juan de la Cruz, claveles como los de casi todas las casas de Ischilín, las palmas, alabas que abren al atardecer, la flor del aire que vive de él y de la humedad de la atmósfera, geranios, que cohabitan con iguanas, quirquinchos, mamboretás, zorrinos, rundunes (colibrí o picaflor), pájaros carpinteros, colcones (lechuzas) que en Maza se ven volar a la luz de la luna, zorros, conejos y teros.

Martín Cullen, en su texto «Las Alfombras de Clara», señala que «no sólo las miro sino que las camino descalzo de noche y en la oscuridad me topo con una reinamora en relieve..., el azul con manchas turquesas que brilla de día contra el rosa encendido de la sierra, la lana que es la sierra...». Estas alfombras encierran lo que Clara Díaz vio y vivió en su infancia, lo que Clara respira, las anécdotas que oyó contar a su padre acerca de su bisabuelo cuando cazaba tigres así como el canto de los pájaros antes del amanecer.

Además de meternos en su «naturaleza», Clara Díaz nos cuenta acerca de ella en los textos poéticos que identifican plantas y animales. Aún en estos tiempos vertiginosos, esto es posible y Clara confiesa que sus alfombras le sirvieron para dejar volar su imaginación, son un tónico para su templanza. A la manera Zen, Díaz borda y su naturaleza se aquieta « mientras que los colores de Ischilín y especialmente el rosa, envuelven la atmósfera de la tarde».

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