21 de agosto 2002 - 00:00
"Bioy competía con Simenon en amantes"
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Jovita Iglesias y Silvia Arias
Periodista: Trataron la historia de Adolfo Bioy Casares-Silvina Ocampo con mucho pudor. ¿Cuál de las dos se lo planteó así?
Jovita Iglesias: Creo que el pudor es mío, hay cosas que hay que respetar. Yo no pensaba hacer este libro, sólo escribir un diario para mantener los recuerdos de los Bioy y de la gente que los visitaba, que al principio era Borges y pocos más. Con ellos descubrí un mundo sorprendente que quedó en mi mente.
P.: Es ahí que interviene usted...
Silvia Renée Arias: Jovita comienza a contarme muchas de las historias que aparecen en el libro en base a nuestra amistad, a la confianza mutua que nos tenemos. Esto se dio por el cariño que ambas le tenemos a los Bioy.
P.: Usted había publicado el libro «Bioy en privado»...
S.R.A.: Fueron mis conversaciones con Bioy en sus últimos cinco años de vida. Lo escribí apresuradamente para que viera que en nada había traicionado su amistad. Así como Jovita tiene pudor en contar determinados hechos, lo mismo me sucede a mí. El pudor fue mutuo, hemos escrito desde el corazón. Si este libro lo hubiera escrito una persona que no tuviera un compromiso afectivo con Bioy, hubiera contado otra historia. No quisimos ser indiscretas ni herir susceptibilidades. Es muy difícil, sobre todo cuando hay tanta gente que está viva y los quiere mucho. Algunos se acercaron a decirnos «estoy muy feliz con lo que hicieron, tenía mucho miedo de lo que fueran a contar».
P.: ¿ Fue Bioy el mayor don Juan de la Argentina?
J.I.: Tuvo muchas mujeres. Yo tenía miedo de los secretos que me confiaba, pero luego muchas de esas aventuras las publicó. Otras me las contaron de primera mano. Su relación con Genca, una sobrina de Silvina, me la contó Genca, él no me la contó. Yo notaba algo raro. Vivían en el mismo edificio. Genca en el cuarto piso, Silvina y Adolfo en el quinto, nunca la invitaran a tomar el té. Se lo pregunté y me explicó qué pasaba.
P.: ¿Otras mujeres le confiaron su relación con Bioy?
J.I.: No, pero las descubría. Cuando al señor lo operaron por primera vez, al salir de la clínica me crucé con una señora, una morocha impresionante. Allí entraba y salía mucha gente, pero la vi y me dije: ésta debe ser una amante de Bioy, y era.
P.: ¿Bioy, como Georges Simenon, tuvo diez mil amantes?
J.I.: El número no lo sé. A ese escritor Adolfito lo leía mucho. No sé si lo copiaba o le competía.
S.R.A.: Es como los cien barrios porteños, son muchos menos. (Risas). Amaba a las mujeres. La sola compañía de una mujer era para él un regalo. Hasta el último instante de su vida seguía conquistando mujeres de mil maneras.
P.: ¿Es cierto que Silvina tuvo tanta novias como Bioy?
J.I.: Se comentó de una relación con Alejandra Pizarnik, pero a esa mujer nunca la vi en la casa. Llamó un día que Silvina y Bioy habían viajado, luego me enteré que ese mismo día se había suicidado.
S.R.A.: ¿Silvina nunca dijo que estaba enamorada de una mujer?
J.I.: Jamás. Sabía que no me iba a caer bien, que lo tomaría como una insinuación. Cuando supe eso no lo pude creer, se me cayó el alma a los pies.
S.R.A.: Como bien se dice: los hombres engañan más, pero las mujeres engañan mejor. Creo que esa pareja era así, Silvina engañaba mejor. Jugaba a seducir a todo el mundo, a hombres tanto como a mujeres. Yo no se si llegó a tener alguna relación lesbiana. Creo que Alejandra Pizarnik estaba totalmente sacada por ella, que algo haya existido no se sabe. Pero yo le dije a Jovita, eso tiene que estar en el libro...
J.I.: Se aguantaban el uno al otro. Eran muy cómplices. Una vez Adolfito estaba en su escritorio con una mujer, Silvina abre la puerta y los encuentra besándose. Entonces Silvina le dice: «Adolfito, por favor, no tanto».
S.R.A.: Eso no está en el libro, lo pondremos cuando escribamos con un poquito menos de pudor la segunda parte. (Risas).
P.: Cuándo llega de Galicia a lo de los Bioy, ¿qué edad tenía?
J.I.: 23 años recién cumplidos, era el año 1949.
P.: Y se encuentra con una familia rica, aristocrática, con una pareja que tenía vidas separadas. ¿No le pareció gente rara?
J.I.: Estaba deslumbrada, cohibida, pero enseguida me hicieron entrar en la vida de ellos. Me sorprendía todo. Tenían cada uno su escritorio y los dormitorios lejos uno del otro. Es que casi no entraban en el dormitorio del otro. Tenían sus espacios.
S.R.A.: Eran muy modernos, se llamaban por teléfono para tener un cita. (Risas).
J.I.: Luego me fui acostumbrando, pero al principio me parecía muy raro. Silvina era diferente, un tipo de mujer que no había visto nunca, por su estampa, por su forma de ser. Le escribía a mi madre diciéndole que no estaba en mi mundo. Y mi madre lloraba y me pedía que volviera. Comencé a escribirle que me estaba acostumbrando muy bien, y que me apreciaban, y que me colmaban de regalos. Y que la gente me ayudaba tanto...
P.: Era otra Argentina...
P.: Y aquí se encuentra con un pareja de escritores. La señora que además pintaba y tenía dos atelieres para eso. El señor que jugaba al tenis. Los dos que se pasan viajando por el mundo.
J.I.: La gran vida. Estaba maravillada de esta gente. Cuando Silvina me propuso adoptarme como hija, me sentí desubicada. Le dije: «usted está traicionando a mis tíos que me trajeron». Y ella: «no se preocupe por ellos, preocupese por su vida. Ellos no van a poder darle nunca lo que voy a darle yo». Bueno, me opuse y seguí haciendo cosas para ellos como empleo.
P.: En esa casa cada uno se preocupaba por sí mismo...
J.I.: Se quería mucho, se preocupaban el uno por el otro, pero cada uno estaba en lo suyo. Cómo serían las cosas que en el edificio Silvina tenía en un piso una pileta de natación y Adolfito se iba a nadar afuera. Hacían pocas cosas juntos.
S.R.A.: Las amistades también eran así.
J.I.: Cuando llegué a Buenos Aires, Borges vivía en casa de los Bioy, en Santa Fe y Ecuador. Estaba muy pobre y lo mantenían. Las mucamas decían que no tenía ni para dejar una monedita en la mesita de luz, y ahora tanto dinero dan sus obras! Como decía Adolfito: «las cosas llegan cuando ya no se pueden disfrutar». Recuerdo que luego que se mudaron a la casa de la calle Posadas, a pedido de Adolfito, mi marido y yo llevábamos a Borges a su casa. Mi marido le tiraba de la lengua. Una vez dijo que a la gente pobre le hace mal ir de vacaciones a Mar del Plata. Pepe le preguntó por qué. Y él le dijo: «porque vuelven amargados porque ven otro mundo y llegan de regreso y tienen que trabajar, y eso les hace mal». Y me marido le dijo: «¿sabe que tiene razón? cuando fui me di cuenta de lo lindo que es vivir así, pero que eso dura apenas un mes». «Viste, le dijo Borges, me das la razón pero lo demás no y me critican. Es que dice cosas muy fuertes. Digo lo que siento, la verdad, lo que pasa es que la gente es cínica y no habla con franqueza».
P.: A Borges le llegó la fama antes que a Bioy...
J.I.: Lo paraban en la calle, le pedían autógrafos, lo seguían; a Bioy no lo conocían... Un día mi marido le dijo: «señor Adolfito usted está a la sombra de Borges, admirándolo todo el tiempo». «Es que de Georgi aprendo mucho», le contestó. «Y mira hacia atrás, como hace Borges, y tiene que mirar para adelante, no necesita de Borges». «Pero, Pepe, somos amigos». Después de eso comenzó a escribir «Diario de la guerra del cerdo».
S.R.A.: Que fue una forma de matar a los viejos, fue una forma de matar a Borges en cada crimen que sucede en el libro...
Entrevista de Máximo Soto




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