24 de febrero 2000 - 00:00

"BUENA VISTA SOCIAL CLUB"

F avorita del próximo Oscar al mejor largometraje documental, «Buena Vista Social Club» tiene prácticamente todo para ganarlo: personajes encantadores, buena música, lugares singulares; termina justo en el momento consagratorio, reivindica valores amados por toda la creciente comunidad latina, y es políticamente correcta tanto para demócratas como para republicanos. Que del mismo autor hemos visto mejores documentales, es un detalle de relativa importancia.
En ese género Wim Wenders, mundialmente amado por «Paris, Texas» y «Las alas del deseo» (¿cuánto hace de esto?), ha hecho trabajos hermosos, muy emotivos, como «Nick's Movie» y «Tokio-Ga», respectivamente dedicados a los viejos directores Nicholas Ray, que estaba muriendo de cáncer, y Yasujiro Ozu, y trabajos sin mayor ilación ni profundidad, como uno dedicado al mundo de la moda. El que ahora vemos tiene relativa ilación, pero en cambio se acerca a la hermosura, no tanto por su estilo, sino por su amor.
Aunque a veces resulte un poco cargoso dando vueltas con la steadycam alrededor de sus entrevistados, o insista en colocar demasiados planos de su amigo
Ry Cooder, es decir, aunque no siempre lo exprese del mejor modo, Wenders evidencia en todo momento un amor entusiasta y maravillado por la gente que está registrando, y eso al público le llega. Pero además también esos personajes expresan sentimientos similares, respecto a la música que hacen, a la edad que tienen.Y entonces también el público se entusiasma y maravilla, pero no de un modo exultante, exagerado, sino con placentera simpatía.

 Encuentro

Es lo que corresponde. Se trata de un film sobre el encuentro del guitarrista Ry Cooder y su hijo Joachim con los veteranos de la música cubana de los años '50, y aún antes, es decir, anteriores a la Nueva Trova, pero sobre todo anteriores a la salsa, viejos que estaban bastante retirados, pero que gracias al músico norteamericano volvieron a resurgir, y a mostrarle al mundo el modo «sutil, pacífico, y potente a la vez», como dice el joven, de sus sones, guarachas y guaguancós. Temas como «Siboney», «Candela», «Dos gardenias» o «Hay guateque en el bohío», es decir, un alternarse de lentos y rítmicos, viven en el corazón y la expresión de un grupo donde el más joven ya cumplió 65 años, y el más viejo, Compay Segundo, 92 (y fuma desde los 5). Viejos deliciosos, admirables, que tienen en el octogenario pianista Rubén González su más bella expresión, y la mejor parte de la película.
A propósito, ¿cuándo harán aquí una sobre los
Hermanos Abalos? Ya artistas como Edmundo Cartos y Osvaldo Pugliese dejaron estos escenarios sin que nadie haya podido concretarles el debido homenaje cinema-tográfico. Y ni hablar de Yupanqui.

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