Buenos replicantes eran los de antes

Espectáculos

«Impostor» (Idem, EE.UU., 2001, habl. en inglés.) Dir.: G. Fleder. Guión: S. Rosenberg basado en un cuento de P.K. Dick. Int.: G. Sinise, M. Stowe, V. D'Onofrio.

A ntes de acometer este thriller psicológico futurista, el director Gary Fleder probó otros géneros cercanos, entre ellos el thriller psicológico a secas con «Ni una palabra», su anterior film estrenado aquí. Aunque la verdad es que, a excepción de su opera prima «Asuntos pendientes antes de morir», la obra posterior de Fleder no es muy destacable, hay que reconocerle en el caso la audacia de dirigir la adaptación de un cuento de Philip K. Dick, el mismo que dio origen a «Blade Runner», «El vengador del futuro» y otras películas por venir («Minority report» de Steven Spielberg, por ejemplo).

Como en otros relatos de este pope de la ciencia ficción estadounidense, «Impostor» tiene a un hombre enfrentado a la aterradora posibilidad de ser otro. Al menos eso es lo que le asegura intempestivamente un abominable investigador oficial (Vincent D'Onofrio) al científico, también oficial, Spencer Olham ( Gary Sinise), convirtiendo en una pesadilla un día que había empezado entre los brazos de su bella esposa ( Madeleine Stowe).

Corre el año 2079, la tierra (¿Estados Unidos?) está en guerra con una fuerza extraterrestre. Hay un mundo altamente tecnificado protegido por un tejido electromagnético que deja afuera al consabido grupo de desheredados: negros, pobres, enfermos. Olham pertenece al primer mundo, por supuesto, pero cuando de pronto se transforma en el enemigo público número uno del planeta (lo acusan de ser en realidad un replicante con una devastadora bomba alienígena dentro del cuerpo, sólo que él no lo sabe), su único aliado proviene del segundo. Al cabo de un sólo día de frenética cacería por parte del implacable D'Onofrio, el protagonista y el espectador averiguarán qué está pasando.

Fleder
y el equipo de arte y efectos especiales consiguieron plasmar un futuro cercano bastante convincente (sin escapar a los clichés derivados de la precursora «Blade Runner»), pero el problema es la adaptación. Es decir, una cosa es lo que se ve y otra lo que se habla y se hace. Aparte de unos diálogos de simpleza e ingenuidad infinitas, ni la desesperación de ser tomado por un maligno clon, sumada a la amenaza cierta de ser brutal-mente asesinado, justifica la súbita veta guerrera del perseguido. Un hombre que minutos antes citaba poéticamente a Oppenheimer y Einstein a la menor provocación.

Por cosas como ésa, un buen actor como
Sinise (también productor del film) no consigue evitar que lo único verdaderamente inquietante en esta película sea el ciego fanatismo del personaje de Vincent D'Onofrio.

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