31 de mayo 2001 - 00:00
Casi un testimonio de Boero y Gallo
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Boero y Gallo.
Los ideales de Natalia y Priscila son los mismos que Alejandra Boero ha postulado durante toda su vida en su apasionada defensa del teatro independiente, cuyas salas se ven cada tanto amenazadas por la picota y por la indiferencia de los funcionarios de Cultura. Esto hace que su figura quede ligada indisolublemente a la de su personaje. Y lo mismo podría decirse de su amiga de toda la vida, María Rosa Gallo, que además de contar con una trayectoria tan acreditada como la suya nunca ha dejado de acompañarla en su esforzada lucha. Ambas disfrutan al máximo esta oportunidad de actuar juntas y el público también lo hace con ellas.
Boero compone a una Natalia que seduce todo el tiempo con sus aires de payaso y de niña despistada. María Rosa Gallo, en cambio, tiene a su cargo los costados más tensos y melodramáticos de la pieza, quizá por eso todavía le cueste relajarse y pasar sin fisuras de la comicidad a la nota trágica.
De todas formas, la dirección de Bonet apuesta ante todo al humor y a la irreverencia, pero siempre en un tono inofensivo. Al fin y al cabo, la pieza se burla de las rígidas y solemnes premisas comunistas como si se tratase de un pecado de juventud. Es obvio que el autor no quiso ahondar demasiado en el tema político (sus críticas, en definitiva, son bastante superficiales) y prefirió poner el acento en la actividad teatral y en su indiscutida capacidad para ennoblecer al ser humano.



