“Todo lo que usted escuchó sobre él es cierto”: la frase, con la que la película “Amadeus” definió a Mozart, podría ser aplicada a Chiche Gelblung, el hombre que hace seis décadas no sólo reinventó el periodismo gráfico, antes de ser estrella de la radio y TV a partir de los 90, sino que a la vez forjó una leyenda propia que tuvo tantos admiradores como detractores (y muchos de ellos, si eran colegas, por una envidia no siempre bien enmascarada).
Chiche Gelblung, el hombre que vivió al límite
Chiche Gelblung construyó durante casi seis décadas una trayectoria marcada por la audacia, la pasión y un estilo periodístico propio. De la gráfica a la radio y la televisión, dejó una huella que trascendió géneros y formatos.
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Chiche Gelblung. Una trayectoria de casi seis décadas marcada por la audacia y un estilo periodístico propio.
Chiche no supo de términos medios, siempre jugó al límite y en primer plano, y justamente por eso tuvo tantos triunfos como un par de estigmas. Absolutamente nada de lo que hizo fue sin pasión: si algo lo aburría lo abandonaba de inmediato e iba en busca de otra cosa. “Una vez que venciste el temor al ridículo, el cielo es el límite”, se lo escuché un par de veces. No toleraba el achanchamiento, la rutina. Quiso probar todo, vivir todo, y más de una vez debió cargar con sus equivocaciones.
Su pasión fue de todo menos contagiosa --al menos, no con el mismo fuego--, porque ponérsele a la par, en especial en sus años jóvenes, no era sencillo: para Chiche, el ejercicio de la profesión lo exigía todo, incluyendo la postergación de la vida privada, el descanso, las vacaciones, los francos. Su concepto del periodista estaba más cercano al del artista (con lo que supone de entrega total, y también de show) que al del trabajador que cumple un horario.
Durante sus años en la editorial Atlántida, donde llegó a dirigir la revista “Gente” y la transformó en un éxito sin precedentes, exigía a sus subordinados una entrega similar, lo que no siempre se materializaba u obedecía (claro, quienes no lo obedecían, se iban). Hasta sus superiores le temían o desconfiaban, porque si bien las publicaciones crecían en tirada y publicidad gracias a él, sentían a la vez que se enfrentaban a una personalidad inmanejable que podría llevarlos a cualquier callejón sin salida.
En su credo periodístico, no existía otra meta que la obtención de la mejor nota posible, y nada debía interponerse a ese fin: si era necesario viajar de un momento al otro, se viajaba al destino más insólito y peligroso; se camuflaba la identidad, se cruzaba entre balas en distintas guerras (¿estuvo en todos los frentes donde afirmaba haber estado?: eso también forma parte de su leyenda, que él mismo alimentó); se hurgaba donde nadie se había atrevido a hurgar; se pensaba lo que a nadie se le había ocurrido pensar. Y si la realidad se obstinaba en no ceder, se la vencía del modo que fuere (“Nunca permitas que la verdad se interponga entre vos y una buena nota”: esta es la frase más famosa que sus enemigos le atribuían, pero que él tampoco se preocupó por desmentir).
Quizá sin proponérselo, Chiche aplicó el “pensamiento lateral” al periodismo, la forma de pensar algún hecho de manera distinta de todo el resto, el lado B de la noticia, y eso le permitió generar un nuevo estilo, ganar la fidelidad de cientos de miles de lectores, y hasta la furia temporaria, o perenne, de algunas víctimas de sus investigaciones (que se tomaron décadas para volver a saludarlo o invitarlo a almorzar en su programa). Él, que detestaba el esnobismo de expresiones académicas como “Nuevo Periodismo”, había fundado uno a su manera, el “Estilo Chiche”.
Era raro que Gelblung se conformara fácilmente cuando un tema lo atraía de verdad: fue así como una noche de 1971, en las oficinas de Atlántida –entre los cientos de ejemplos que se podrían dar--, después de la hora de cierre de la revista, le hizo una pregunta a Alfredo “Pingüino” Serra (fue él quien me contó la anécdota), cuando el resto de los periodistas ya estaban en casa. Eran los meses del caso de los rugbiers en la Cordillera, los de “Viven” y “La sociedad de la nieve”, cuando los sobrevivientes ya habían dicho casi todo y la prensa, en general, parecía haber cerrado el asunto.
A Chiche, en cambio, no le cerraba que los restos del avión no hubiesen aparecido. Entonces le dijo a Serra: “Andá y averiguá” Y fue así como días después, tras muchas pesquisas detectivescas entre laderas nevadas, el Pingüino encontró el retorcido fuselaje, y las páginas de “Gente” dieron vuelta la historia. En aquellos tiempos no era fácil ser periodista, y mucho menos unos pocos años después. Él, a partir de 1976, asumió posiciones de las que después se arrepintió siempre (“Gente se equivocó”), pero quienes lo condenan con rapidez suelen ignorar que otros grupos parapoliciales no sólo lo habían amenazado sino que le pusieron una bomba en su casa, lo que lo llevó a exiliarse en España.
Chiche provenía de una familia de clase media baja, con padre comunista (filiación que también él hizo suya, y de la que nunca dejó de jactarse, medio en serio medio en broma). Su educación no fue formal: debió trabajar desde chico y, como solía repetir, no llegó a terminar ni la escuela primaria. Eso no le impidió una formación autodidacta constante, lo que junto a su poderosa intuición y capacidad de ver lo que otros no veían, lo convirtió en una pluma única. Porque, justamente, esa es una de sus facetas menos recordada hoy, en pleno dominio del audiovisual.
A su regreso de España, en los años 90, Roberto García lo integró a la redacción de Ámbito Financiero, bajo la mirada siempre desconfiada de Julio Ramos, donde también dejó una profunda huella. Con sus artículos en página central, este diario terminó de dar el estirón, de completar el sostenido crecimiento que experimentaba desde mediados de los 80, con la primicia del Plan Austral y la incorporación de secciones que lo expandieron más allá de lo económico y político. Chiche acercó una enorme cantidad de lectores, dirigió hasta una colección de cocina gourmet, y demostró que no había temas menores cuando la inteligencia y el gancho sostenían un artículo. Allí fue donde lo conocí.
Era tanta la desconfianza que le tenía Ramos que, durante varios meses, y pese a ser jefe de sección, no le permitió que se integrara a las reuniones de redacción. Una tarde, García le dijo a Ramos que era absurdo eso, y que su presencia era necesaria. Fue esa vez cuando el entonces dueño de Ámbito dio la orden de que Chiche, a partir del día siguiente, se sumara a esas reuniones.
Su debut fue triunfal (creo que es la primera vez que en un medio se cuenta esta anécdota, que cuando la recordábamos con Chiche nos desternillábamos). Por esos días, Ramos se había practicado una liposucción con fines estéticos, cosa que Chiche ignoraba. Esa tarde, la de la primera reunión, Ramos nos hablaba de los dolores que sentía en la convalecencia cuando entró Chiche en la sala. Al darse cuenta de que hablábamos de las liposucciones, comentó (cito textual): “Todos los tipos que se hacen una liposucción se la comen”. Nos quedamos helados. García se dio vuelta y le dijo: “Ramos se acaba de hacer una”. Sin inmutarse, Chiche agregó: “Bueno, todos no. Algunos”. Y se sentó en su lugar como si nada.
Más tarde, para contrariedad de Ramos, que lo pretendía en exclusividad, uno de esos lectores a los que cautivaron sus artículos fue Alejandro Romay, quien lo llevó a Canal 9 y lo puso a conducir “Memoria” junto a Silvia Fernández Barrio: era una especie de réplica del tranquilo programa de archivos “Cambalache Siglo XX” que hacían Teté Coustarot y Fernando Bravo en Canal 11, es decir, la contradicción más absoluta al principio de “el cielo es el límite”.
Al poco tiempo “Memoria”, ya con la conducción unipersonal de Chiche, era completamente otra cosa, al punto de que no se entendía por qué conservaba ese título. Un programa que llegó a ser felliniano, con los desbordes que empezaron a nacer en los años 90, donde convivían desde las confesiones en cámara de vedettes, políticos y futbolistas mediáticos sometidos al detector de mentiras, con las autopsias a extraterrestres.
Romay, que por esa misma época también lo puso al frente del programa matutino de Radio Libertad, le proporcionó ese doble debut en el audiovisual que, sin embargo, no impidió que abandonara del todo su vieja pasión gráfica, aunque en los portales digitales que años después lo tuvieron al frente, después de irse de Ámbito, ya no era la mismo.
El mundo había cambiado, y él acompañó ese cambio a su manera: manteniendo su estilo excesivo, desafiante, pero que anclaba en el mundo que había vivido y cuya forma exterior, en la indumentaria, conservó casi hasta el final: camisas con gemelos, reloj con cadena en el saco, corbata a tono. Un dandy de orgulloso arrabal.
Durante su tiempo en Ámbito, Chiche me propuso colaborar con él en Radio Libertad. Le había gustado mucho la necrológica que le hice a Federico Fellini, aunque me dijo: “Leo Sala le hubiera dedicado más espacio”. Al principio me negué, tenía desconfianza, nuestros estilos no tenían nada en común. Pero cuando lo hice pasé los cinco años más felices de mi vida en un medio. Por momentos, como decía el locutor de piso, Carlitos Marrero, tenías la impresión de estar trabajando con Alberto Olmedo. Hasta tenía gestos parecidos a los de Olmedo (no había cámaras de TV en la radio de esos tiempos).
A pedido de él. yo llegaba a la última hora del programa. La consigna era clara: “Vos no vengas cuando hablamos de política y economía”, me dijo. “Vení a la hora de coger”. Cito nuevamente de manera textual, ya que sería absurdo usar eufemismos. Llamabamos así a esa hora, la última del programa, “la hora de coger” (internamente, por supuesto). En principio íbamos a hablar de cine, pero como eso a él lo aburría terminábamos hablándo de crisis de parejas, mujeres, hombres, vínculos, traiciones, entre otros tantos asuntos, siempre al estilo Chiche. La audiencia estallaba a llamados telefónicos.
Una vez, al llegar, me senté (estaban hablando de algún tema económico denso), y cuando me dio la palabra le dije: “Bueno, Chiche, llegó la hora de ponernos frívolos”. Justo en ese momento entró corriendo la productora, Marta Messina, para avisarle que estaba en línea Carlos Menem, para salir al aire. Menem escuchó lo que yo había dicho y supuso que lo de frívolos lo decía por él. Nos queríamos morir. Chiche desperdició minutos enteros del reportaje para explicarle al entonces presidente cómo habían sido las cosas. Días más tarde, Chiche encontró a Menem en un cóctel, y al día siguiente me confió, entre carcajadas: “Me trató mal. Sigue convencido de que vos le dijiste frívolo”.
En otra etapa le propuse guionar radioteatros, con figuras de actualidad, y aceptó volando. Con Estela Montes, que imitaba a la perfección a Gabriela Sabatini, hicimos casi tres meses de radioteatros, donde cada uno de nosotros interpretaba algún personaje. Durante mis entonces viajes frecuentes a Los Angeles para cubrir estrenos de películas (la “Evita” de Madonna y Alan Parker, entre ellas), me llamaba impiadosamente a las cuatro o cinco de la mañana, por la diferencia de huso horario, y hablábamos durante diez, quince minutos. Casi ni dormía esos días, pero eran días felices.
También me encargaba camisas de su tienda preferida en Rodeo Drive, y para lograr que después me las pagara me costaba meses de súplicas. Pero, de igual modo, era generoso en sus contratos, y un excelente anfitrión cuando te invitaba a comer a su casa de tres pisos en Jean Jaurès, junto su esposa Cristina y sus hijos (después se mudaron a Pilar, pero ya habíamos dejado de vernos por entonces).
Murió tal como se lo había propuesto, trabajando. Uno no lo veía bien en sus últimos tiempos en televisión, pero sabíamos que allí lo encontraría el fin. “El que se jubila, murió”, repetía siempre. “A mí la muerte me va a encontrar trabajando”. Y lo cumplió.
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