30 de julio 2004 - 00:00

Cautiva documental francés sobre aves

Una de las bellísimas imágenes de «Tocando el cielo», documental sobre aves migratorias disfrutable por todo público, no solamente por estudiosos y amantes de la naturaleza.
Una de las bellísimas imágenes de «Tocando el cielo», documental sobre aves migratorias disfrutable por todo público, no solamente por estudiosos y amantes de la naturaleza.
«Tocando el cielo» (Le peuple migrateur/ Nómades del viento, Francia-España, 2002, dobl. al inglés). Dir.: J. Cluzaud, M. Debats, J. Perrin. Guión: S. Durand, J. Perrin, V. Perrin, F. Roux. Documental.

"Le peuple migrateur", o «Nómades del viento» (un título más adecuado que el que acá le pusieron), es un documental fascinante, sobre todo para los amigos de la naturaleza en general, y los ornitólogos en especial. Quizás alguien menos motivado se canse un poco de ver tantos pájaros yendo y viniendo, pero igual va a disfrutarlo: cada plano parece un poster.

Para dar una idea del tipo de obra que estamos viendo, probablemente baste decir que la produjo Jacques Perrin, y que así como en «Microcosmos» financió lentes y motores especiales para captar la vida más diminuta que pueda circular entre los yuyos del campo, ahora desarrolló hasta avioncitos a control remoto cargados con camaritas digitales, para captar la vida más admirable que circula, no ya en medio kilómetro cuadrado, sino entre un hemisferio y otro: la de las aves migratorias, un registro que lo llevó por los cinco continentes a lo largo de tres años.

Cada avioncito tenía dos camaritas: una de costado, para acompañar las bandadas, y otra de frente, para saber por dónde iba, ambas transmitiendo sus imágenes a un helicóptero que oficiaba como puesto central. Todo eso, para unos pocos segundos útiles. ¿Pero cómo, si no, se hubiera podido seguir, por ejemplo, el vuelo de algunas aves a través del Amalaya, o (visto desde arriba) el paso de las grullas sobre la Muralla China al amanecer?

En otros casos se apeló, más fácilmente, o al menos más económicamente, al registro directo desde los mismos helicópteros, y también desde globos aerostáticos, simples bicicletas, e incluso aladeltas. Los pájaros aceptan la compañía de los aladeltistas. Y así como en «Microcosmos» Perrin propició una singular poesía sin palabras para decirnos que no somos los únicos dueños del planeta, ahora, usando muy pocas frases orientadoras, nos muestra seres con más títulos de propiedad que nosotros. Algunos de los cuales caben en nuestra mano, pero viajan, por sí solos, más lejos que nadie.

• Deleite e inquietud

Esas pocas frases (tantos kilómetros, tantas horas seguidas de vuelo, etc.) nos apabullan. Las imágenes nos deleitan, y algunas también nos inquietan. Es que la naturaleza tiene su cadena de crueldades, y encima el hombre la «mejora». Puede objetarse moderadamente el armado de situaciones: un pato empantanándose en desechos químicos, un pajarito herido asediado por cangrejos gigantes, un loro escapando de su jaula, etc. Se dice que todo estaba bajo control, y que el pato y el pajarito fueron salvados a tiempo. Quizá sea cierto.

Lo único que francamente nos duele, es que acá nadie pueda hacer algo parecido, siguiendo a los playeritos de rabadilla blanca que van de Tierra del Fuego al Círculo Polar Artico, los gaviotines que van de Punta Rasa hasta el Estado de Nueva York, las tijeretas, los chorlitos... y las golondrinas, que en Norteamérica las reciben con vuelo de campanas.

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