4 de mayo 2000 - 00:00

"CAUTIVOS DEL AMOR"

E l señor Kinski sólo quiere que lo amen. Es inglés, cuarentón, pianista clásico, y vive en un ruinoso caserón romano a expensas de la modesta herencia que le dejó una tía. Shandurai es su mucama africana, resignada y hermosa, con un pasado que recrea una entre las infinitas historias sórdidas de su tierra: su marido, maestro de escuela, es prisionero político de una nueva dictadura, de la que ella debió escapar de urgencia y refugiarse en Italia.La primera vez que el señor Kinski se le insinúa, apenas una mirada, ella, ocupada con sus camisas, levanta amenazadora-mente la plancha humeante. Nada los une, ni siquiera la tonalidad de sus respectivas músicas. El presente de Shandurai en Roma es desesperanzar por la liberación de su marido, estudiar medicina, y compartir una módica amistad con un amigo gay. El señor Kinski, inversamente, está cada vez más apasionado por ella, al punto de lo irracional, y parece que no lo detendrá ni el sacrificio de su oscura carrera ni la resignación de su patrimonio, que no es mucho, con el fin de obtener secretamente -ya que no puede llevarla a la cama- la liberación del marido de Shandurai.
•ntecedente
Bernardo Bertolucci, más de un cuarto de siglo atrás, unió a dos solitarios tan distintos entre sí como Kinski y Shandurai en un piso francés igual de decadente, distanciados por edad y cultura y no por raza, y produjo un shock artístico y social. Hoy, «Cautivos del amor», estrenada en Europa y los EE.UU. hace ya dos años, parece interesarles sólo a los muy cinéfilos, e inclusive algunos críticos llegaron a condenar duramente la conducta de Shandurai, quien termina cediendo ante ese «blanco burgués», cuyas preocupaciones son los arpegios de Schubert y no las cárceles africanas (la condena, de paso, es la que un crítico norteamericano le hace al «comunista» Bertolucci).
En 1972, año del
«Ultimo tango», las circunstancias eran muy distintas en el mundo aun-que no así en el cine de Bertolucci, quien como en todo cineasta consecuente prosigue, también con este film, la continuidad de una misma idea: la puesta en escena del deseo, cuya lógica nunca respondió a la rectitud política ni sexual.
Ahora no están, desde luego, ni los irrepetibles monólogos improvisados de
Brando, ni el gris parisiense, ni las imágenes de Francis Bacon, ni los compases del Gato Barbieri, ni María perseguida frenética-mente bajo la lluvia. Tampoco las publicitadas corporalidades que, en su momento, extendieron la fama del film hasta el dominio vulgar de las revistas de actualidad. Por el contrario, en «Cautivos...» el sexo es incertidumbre, postergación y espera, como la liberación del prisionero, y una inversión final donde la solidaridad y el altruismo adquieren, también, dimensiones eróticas.
Bertolucci podrá adaptarse a los tiempos actuales en su forma de filmar (hay un despliegue virtuosístico de técnicas y un montaje ejemplar), pero sus obsesiones son las mismas.

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