27 de enero 2000 - 00:00

"CELULOIDE"

C on aguda sencillez y hermoso sentimiento, «Celuloide» evoca los entretelones de un clásico del cine mundial: «Roma, ciudad abierta», y los comienzos de sus responsables: Roberto Rossellini, Anna Magnani, el cómico Aldo Fabrizi y un entonces flaquísimo Federico Fellini. El homenaje gusta aun a quienes todavía no vieron el clásico, y, por supuesto, los impulsa a verlo. Ambos valen la pena. En el festival de Mar del Plata los dos se dieron en un solo programa. Aquí se pensó en lo mismo, en dos salas, o en agregar un video a cada entrada. Primó otro criterio: quien todavía no conoce «Roma...», igual disfrutará «Celuloide». Disfrutará un poco menos, es cierto, pero seguramente apreciará sin problemas lo más importante: la pasión, la picardía, el compromiso, cómo se desarrolla una historia, cómo eran las cosas en el renacer de posguerra, o cómo quedaron en el recuerdo, y, especialmente, cómo el cine (máxime en este caso) entrelaza sucesos verdaderos y ficción dramática.
Es que
«Roma ciudad abierta», filmada en 1944-'45 recrea un episodio del mismo 1944, y lo hace con una mezcla --inespe-rada entonces, impagable todavía hoy-de drama, comedia, recreación documental, actualidad y canto épico. Lo hace, además,
filmando con pocos medios y poniendo como actores a gente de la calle o artistas «menores»:
Anna Magnani venía de los varietés; Aldo Fabrizi, del vodevil. Sobre una investigación de Ugo Pirro, éste, el veterano director Carlo Lizzani («Crónica de pobres amantes», «Mussolini, último acto») y el humorista Furio Scarpelli pintaron entonces a los creadores de aquella película y contaron cómo evolucionó la misma, desde su proyecto inicial hasta el resultado, piedra basal del neorrealismo italiano.
Contaron, por ejemplo, cómo
Sergio Amidei pudo salvarse durante la guerra detrás de un arbolito, o cómo de una pequeña angustia amorosa surgió la inspiración para una escena cumbre de la historia del cine. Regocija ver a un productor bien italiano, que hace las compras en la feria mientras discute con su director en ciernes, o ver con qué cuentos, o concesiones, encontraban financistas o conciliaban -a veces-sus propias visiones el director y el guionista (en esto último la referencia a una sartén es toda una delicia, y una ense-ñanza).
Una escena impresiona particularmente: es aquella en que ambos creadores visitan el auténtico lugar de los hechos que están narrando, el edificio inva-dido por la Gestapo, y encuentran a sus protagonistas históricos, y se impone, entonces, un concepto de cine que todavía tiene vigencia, un criterio de verdad que todavía brilla en todo el mundo. En los años '90, en el mismo lugar, y con los descendientes de aquellos héroes y testigos, los comediantes
Massimo Ghini y Giancarlo Giannini reencarnan la emoción que habrán sentido Roberto Rossellini y Sergio Amidei en los '40, y la reenvían al público.
Fragmentos de la obra original alternan con el relato. Rostros actuales parecen ensamblarse con los antiguos. Sobresale
Lina Sastri. Debía estar a la altura de Anna Magnani, y estuvo.

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