11 de noviembre 1999 - 00:00

"CHE, UN HOMBRE DE ESTE MUNDO"

M arcelo Schapces, que ha participado en el guión de la miniserie española «Pepe Carvalho en Buenos Aires» y otros trabajos ficcionales y documentales, decidió encontrar la parte humana de un mito sobre el que ya pesan demasiados lugares comunes. No alcanzó enteramente su objetivo, y a veces parece olvidarlo, pero el resultado tiene varias perlitas atractivas.
El método elegido consistió en visitar a los viejos amigos y colaboradores del Che Guevara, hoy jubilados, y tener con ellos unas conversaciones distendidas, lo más alejadas posibles de cualquier fraseología o anecdotario oficial. A veces pudo, a veces no, en parte porque mucha de esa gente ya tiene su discurso preparado, y en parte porque el mismo personaje vivió casi toda su vida en función política.
De hecho, recuerdan que «era el único ministro que iba al trabajo voluntario todos los domingos», «detestaba que lo fotografiaran como si fuera un artista», etc., etc., pero también aparecen los recuerdos de una boda casi improvisada («no hubo baile, el Che era manco por los pies», dice su ex guardaespaldas), la confesión de alguna picardía, el aprecio de un «esto queda entre nosotros», y también, en registros de archivo, algunas «cachadas» propias de su formación argentina.
Por ejemplo, en medio de una alocución pública,
Guevara se burla de los que aplauden por cualquier cosa (una alocución práctica, de tono suelto, bien distinta a sus discursos de retórica fidelista más conocidos). También es graciosa la impresión que tuvieron algunos al conocerlo: «Cuando me dijeron que venía un argentino, yo la imagen que tenía era de los porteños de las películas, Carlos Gardel, Hugo del Carril, y lo veo a éste, con ese hablar tranquilo, y bueno, me digo, éste no es argentino». Peor, el que lo vio con bigotes chinescos: «Bueno, así luciría Genghis Khan cuando invadió Europa»...
Quien lo dice,
Enrique Oltuski, es uno de los más interesantes y francos, en especial cuando cuenta que ya tenía todo planificado para ser millonario en Cuba, «hasta que a Fidel se le ocurrió tomar el Moncada». Fragmentos como éste valen la película.

Dejá tu comentario

Te puede interesar