«Cinco sentidos» («Five Senses», Canadá, 1999; habl. en inglés). Dir.: J. Podeswa. Int.: M. L. Parker, P. Volter, M. Leonardi, N. Litz y otros.
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S ería una pena que este film admirable y casi silencioso, sin actores de nombre, no fuera lo suficientemente advertido por el público. «Cinco sentidos», a la manera de una celebración sensual, reúne las historias de un grupo de personajes aparentemente sin puntos en común mientras destaca, en cada uno de ellos, un sentido diferente: el tacto (la historia de la masajista), el oído (el oculista melómano que se está quedando sordo), la vista (la conflictiva hija de la masajista), el olfato (el homosexual que anhela descubrir cuál es el olor del amor) y el gusto (la repostera que recibe, a su pesar, a un amante italiano en su casa, también cocinero).
Hay una línea argumental central, la angustiosa desaparición en un parque de la pequeña hija de una cliente de la masajista, en torno a la cual se ordenan las otras historias, se cruzan los personajes, y desnudan su intimidad ante el espectador. «Cinco sentidos» es un film tan impúdico como pudoroso. Impúdico porque no guarda secretos, pudoroso por la delicadeza como se cuentan esos secretos.
Los sentidos hablan por ellos mismos: esa manera de conocimiento a la que la tradición occidental tendió, a lo largo de los siglos, a tildar de «engañosos», sobrepasa la identidad misma de los personajes. En ese «sentido», la película de Jeremy Podeswa (y esto no debería asustar al futuro público) es como un pequeño tratado de filosofía. Pero una filosofía hedonista, materializada en una experiencia de cine altamente placentero.
De acuerdo con la partición que establece el guión, hay sentidos de sabiduría y otros de pérdida, los hay de decepción y de iluminación. Están los que colman y los que frustran. Cada espectador, desde luego, se sentirá más o menos próximo de cada una de las historias. De manera arbitraria, se podría decir que las más logradas son las del oculista y la de la voyeurista, es decir, las que corresponden al oído y a la vista (casualmente, los únicos dos sentidos sobre los que se apoya el cine, aunque hayan existido alguna vez ciertas experiencias artificiosas de cine «olfativo»). El oculista, interpretado por Philippe Volter (actor de un cineasta con quien Podeswa está en deuda, Krzysztof Kieslowski; Volter fue el titiritero de «La doble vida de Verónica») compone magistralmente a un amante de la música que está perdiendo la audición de manera definitiva: su encuentro con la prostituta, su concurrencia juntos a una iglesia donde un coro interpreta música religiosa, y la percepción de esa música a través del tacto, con las manos apoyadas sobre la madera de los asientos, es extraordinaria.
Desde luego, ninguno de los personajes representa de manera pura un único sentido; si el oculista (cuya profesión es la vista) puede percibir música a través del tacto, la voyeurista, capaz de ver a una persona «desde su interior hacia el exterior», tal como hace con su amigo que se traviste, también es la única capaz de «ver música», como ocurre en la maravillosa escena de cierre.
Mientras pequeños, sutiles acentos van ilustrando esta fiesta sensitiva, una historia policial, la de la desaparición y búsqueda de la niña, otra vez a la manera del Kieslowski del «Decálogo», golpea con la fuerza de lo real, y remite a las condenas platónica y cristiana a los sentidos: hace falta una mirada que exceda a la de los ojos para poder ver.
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