«Ciudad del sol» (Id., Argentina, 2001, habl. en esp.). Dir.: C. Galettini. Int.: J. Stuart, D. Grandinetti, N. Cabre, L. Lamaisony otros.
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Esta ambiciosa y sentida película de Carlos Galettini fue curiosamente desatendida por su principal coproductora, la poderosa Pol-Ka, que tuvo en sus manos la posibilidad de hacer con ella una atractiva telenovela de asunto distinto al habitual, pero no la vio. Así es como la obra quedó dos años en depósito, hasta que algún inteligente percibió quizá su relativa coincidencia con un hecho del momento, y la malestrenó, pero justo cuando el caso ya estaba siendo nuevamente olvidado.
La película, tal como fue lanzada, pasará inadvertida. En la TV, hubiera sido ocasión de comentarios y debates. ¿De qué se trata? De un melodrama que en clave popular revisa algunas ambivalencias nacionales que afectaron a dos o más generaciones. Aquí, la síntesis del planteo inicial: apenas empieza la historia, la protagonista descubre que su madre se ha matado, acaso ante la aparición de un desconocido que (después sabremos) ha vuelto de Europa sólo para verla.
Típico de novela, la chica finge ser otra y que la madre sigue viva, al menos hasta saber qué busca ese hombre. Pronto se advierte que ella bien podría ser otra, o mejor dicho que su padre podría ser otro. Cuidado, no se trata de una enésima historia de niños secuestrados en los '70. En este caso, tanto el padre legal como el putativo eran miembros del mismo grupo, y la mujer andaba con ambos. Sólo que, para casi todos, uno era un héroe y el otro un traidor.
No hay nadie en papel de víctima del terrorismo de Estado, y tampoco nostalgias setentistas, ni bajada de línea en espera de sucesores que retomen la posta. Sólo gente que se jugó, perdió, rehizo su vida con el orgullo de haberse jugado, la piedad hacia su propia inmadurez, o la vergüenza íntima de no haber estado a la altura de sus propias expectativas, y también con el recuerdo nítido de algunas cuentas pendientes entre ellos.
Hay mucho de telenovela, gran elenco, y sólido oficio digno de ser apreciado. Para dar unos pocos nombres: acompañando a Jazmín Stuart, la reaparición cinematográfica de Lidia Lamaison, la ultima aparición de Arturo Maly, las memorables criaturas de Luis Luque (un delincuente agradecido) y Nicolás Cabré (un travestido que masacra temas de Sandro), la moraleja tardíamente conciliadora de un diálogo (el que sostienen los personajes de Leonor Manso y Maria Leal), la fotografía de Carlos Ferro y la dirección de arte de Santiago Elder, que lucen mucho más costosas de lo que en realidad fueron. Por suerte, porque la película difícilmente recupere sus costos.
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