«Código de honor» («The Pledge», EE.UU., 2001; habl. en inglés). Dir.: Sean Penn. Int.: J. Nicholson, R. Wright, S. Shepard, A. Eckhart.
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E l título original de la tercera película de Sean Penn como director se refiere a una promesa: es la del policía recién jubilado Jerry Black (Jack Nicholson) a la madre de una chica de ocho años que acaba de ser brutalmente violada y asesinada. El juramento, que hace por la salvación de su alma, consiste en encontrar al criminal.
En uno de sus mejores trabajos para la pantalla en los últimos años, Nicholson se hace cargo de ese hombre presionado por un mundo que se lo quiere sacar rápidamente de encima: sus compañeros le preparan una veloz fiesta de jubilación y le regalan un pasaje para que se vaya a pescar a México, mientras cierran el caso de la chica muerta con igual celeridad y falta de pruebas, inculpando al sospechoso más obvio e indefenso.
Black, sin embargo, intuye que la resolución no es tan simple como parece, y que el método empleado para resolverla ha sido tan ineficaz como despreocupado. «El mundo no ha cambiado por la política sino por la técnica» dijo una vez el dramaturgo suizo Friedrich Dürrenmatt: el policía Black es uno de los muchos excluidos que esa nueva técnica dejó al margen de la sociedad.
Justamente, sobre una obra de Dürrenmatt, autor de «La visita de la anciana dama», se basa el libro de este policial engañosamente americano, una mixtura que produce resultados muy interesantes aunque, cerca del desenlace, el público que espere una respuesta definida y clara, como las que suele brindar el thriller genérico, pueda experimentar una ligera desazón. «Código de honor» es la versión, con lenguaje de cine policial típico, de un drama europeo en el que un hombre solitario va aislándose de un mundo del que ya no es protagonista y al que trata de aferrarse, con angustia y desesperación, mediante una promesa que sólo él, según cree, es capaz de cumplir. El agobiado rostro de Nicholson es el mejor vehículo para encarnar a ese hombre.
Sin embargo, Sean Penn no deja nunca de sembrar a su película, en un ejercicio que después se revelará entre paródico y crítico, con innumerables pistas falsas o no, verosímiles e inclusive absurdas, como para dirigir la atención del público hacia un horizonte que al libro sólo le interesa en un segundo plano, si es que le interesa: la identidad del criminal. De alguna manera, en «Código de honor» Sean Penn cumple con la premisa de Hitchcock, quien recomendaba dirigir más a los espectadores que a los actores, aunque la meta no sea la misma del maestro.
No es el «buen villano» el que define a esta película sino su torturado protagonista, un obsesivo hombre de palabra, quien después de retirarse de la policía continuará a la caza del criminal por sus propios métodos, aunque eso le signifique (como descubrirá el espectador) una nueva crisis emocional que puede comprometer a varios inocentes.
Además de la sobresaliente actuación de Nicholson y de los convincentes papeles de Robin Wright (ex del director) y Aaron Eckhart como el policía de la «nueva generación», «Código de honor» tiene un sorprendente elenco de actores de primera línea en papeles secundarios, que aceptaron aparecer simplemente por su amistad con Penn: así desfilan fugazmente por la historia Benicio del Toro (el indio sospechoso), Vanessa Redgrave (la abuela de la chica asesinada) Mickey Rourke (el padre de otra víctima), Harry Dean Stanton (el dueño de la estación de servicio que compra el policía retirado), Sam Shepard (otro policía) y Helen Mirren, como la psicóloga, en una de las escenas más perturbadoras para el protagonista, y que muestra en su real dimensión la riqueza expresiva a la que puede llegar un monstruo como Nicholson.
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