Ya desde su prólogo, «El oro del Rin», la Tetralogía Wagneriana muestra su enorme vigencia con temas absolutamente actuales, a través de la brutal lucha por la posesión de un anillo («El anillo del Nibelungo» que da título a la tetralogía) que es sinónimo tanto de poder absoluto como de terrible maldición.
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La actual representación en el Colón es altamente satisfactoria, casi dos horas y media -sin interrupción alguna-que pasan como una ensoñación y que logran atrapar al espectador.
La régie y la escenografía son de una claridad meridiana, las características de cada personaje -sean dioses o humanos plebeyos-delineados con perfiles exactos en cuanto a gestualidad, vestuario y accesorios. El escenario gira para los cambios de escena, los elementos se quitan o se agregan en respetuoso silencio, y está listo en el momento preciso. La iluminación y proyecciones son poéticas y oportunas, sin abusar de los recursos técnicos.
Sería ocioso resaltar aquí la belleza de la música, pero sí que es atendida en un nivel de superlativa calidad; los «leiv motivs» debidamente encomillados, pasajes etéreos y transparentes contrastando con otros de gran potencialidad orquestal.
El artífice de estos logros es el celebrado director sinfónico Charles Dutotit, que impone su personalidad internacionalmente reconocida y logra de nuestros músicos un resultado musical sobresaliente.
A excepción de bajo ucraniano Mijail Kit como acertado Wotan, y el barítono ruso Fedor Mozahev, eficaz como Alberich, el elenco, con catorce roles protagónicos, está cubierto en casi su totalidad por cantantes locales, que asumieron con evidente responsabilidad sus papeles, y muchos de ellos con destacable talento. Para citar algunos: una revelación por lo difícil del texto, aunque aparentemente incómodo por su extraño traje y calzado, el tenor Carlos Bengolea se consagra como Loge; Marcelo Lombardero hace un épico Donner; espontáneo el Froh de López Manzitti. Ricardo Casinelli es un Mime impagable;Myriam Toker pone su figura, dotes de actriz y potente rango vocal en su acertada composición de Freia; y la breve participación de Cecilia Díaz como Erda es impactante.
En suma, es un espectáculo de gran categoría que pone de relieve el recuperado poderío técnico y humano del Colón.
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