1 de septiembre 2005 - 00:00

"Como pasan las horas"

Con Como pasan las horas (a cuya emoción contribuye la presencia de Susana Campos), Inés de Oliveira Cézar recupera para el cine nacional la poesía de las cosas sencillas.
Con "Como pasan las horas" (a cuya emoción contribuye la presencia de Susana Campos), Inés de Oliveira Cézar recupera para el cine nacional la poesía de las cosas sencillas.
«Como pasan las horas» (Argentina, 2005, habl. en español). Dir.: I. de Oliveira Cézar. Guión: I. de Oliveira Cézar, D. Veronese. Int.: S. Campos, R. Berco, G. Arengo, A. Alcoba.

Muy grata sorpresa resulta «Como pasan las horas», aun cuando el espectador termine acongojado en su butaca, o quizá justamente por eso, porque sorprende bien el modo en que, a lo largo de esta obra (que en realidad es bastante corta), la tristeza nos va envolviendo de un modo tan honrado, pudoroso, y artístico, como hace mucho que no se veía en el cine argentino.

Es más, para hablar de algo medianamente parecido habría que remitirse casi cincuenta años atrás, a la última película de Leopoldo Torres Ríos, «Aquello que amamos», sobre la vida cotidiana de una familia, con las ilusiones de cada uno, con la felicidad suspendida, con las obligaciones, las dulzuras, y los temores del amor, que nos atan y al mismo tiempo nos hacen ser, y crecer. Y convivir (¡poder convivir!) con el dolor más grande que puede caer sobre los padres, y sobre los hijos.

Sin conocerlo, acaso solo por una coincidencia de sensibilidades y aprendizajes, nuestro poeta Torres Ríos hizo en su despedida una obra similar a la que por esa misma época estaba haciendo en el lejano Japón otro poeta, Yasuhiro Ozu. Son similares el cariño hacia la familia que cada uno describe, el tono afable y reposado, la respetuosa mirada de la cámara, la discreción con que se contemplan y acompañan los hechos, en la alegría, que es siempre sencillita, y en la aflicción, que nunca es ostentosa.

Exactamente lo mismo puede decirse ahora de esta obra de Inés de Oliveira Cézar, que seguramente conoce a estos maestros, y también a Aleksandr Sokurov, el de «Madre e hijo», como notaron algunos por su muy ocasional empleo de lentes anamórficas para ayudar a ponernos en clima, pero que no copia a ninguno, simplemente coincide, porque es evidente que está hablando desde su propio corazón. Cine de sentimientos, cine de poesía, cine de crecimiento en el dolor, y de dolor acolchado en la belleza, eso es esta obra. Cine también de ese donde pareciera que no pasa nada, y sin embargo se siente la tensión en el aire, como en esos días que pareciera que el tiempo se va a descomponer en algún momento, pero no sabemos cómo, ni cuánto.

La historia es mínima, y ocurre en menos de un día, en alguna localidad del interior, relativamente cercana a la playa, un día más o menos soleado de otoño. El hombre va por el campo, camino a la costa, con su hijito de pocos años, y la mujer saca a pasear a su anciana madre enferma. En algún momento, ambas entonan el «Romance del enamorado y la muerte», con aquello de «que la hora ya es venida». Y en otro momento, con suave discreción, sin decirnos casi nada, la obra nos hace recapacitar en el modo en que pasan nuestras propias horas, y las de nuestros seres queridos. Hay algo más, que contribuye al dulce agobio de la entrega artística: las actrices son Roxana Berco y su propia madre, Susana Campos, a quien vemos ya enferma, haciendo, con plena conciencia, y con gran nivel, intensa y perfecta, su despedida cinematográfica. Ella se fue apenas dos semanas después del rodaje.

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