7 de febrero 2008 - 00:00

Con estos actores, qué importa la trama

La primera película juntos de Jack Nicholson y Morgan Freeman no se distinguepor la originalidad de su trama, pero si hace reír y llorar se debeoficio de ambos y la química que logran transmitir.
La primera película juntos de Jack Nicholson y Morgan Freeman no se distingue por la originalidad de su trama, pero si hace reír y llorar se debe oficio de ambos y la química que logran transmitir.
«Antes de partir» (The Buckett List, EE.UU,. 2007, habl. en inglés) Dir.: R. Reiner. Guión: J. Zackham. Int.: J. Nicholson, M. Freeman, S. Hayes, B. Todd, R. Morrow.

Hollywood, se sabe, tiene una larga ista de películas-cantos del cisne en las que, sin preocuparse por el que dirán (los críticos), junta a figuras paradigmáticas, que de algún modo, el público puede identificar con sus personajes. Hay también una estrategia que dice que si estas figuras nunca trabajaron juntas, mejor. Sin ánimo de agotar la lista, recuérdese nomás «En la laguna dorada», donde coincidieron por primera vez Henry Fonda y una Katharine Hepburn ya presa del Parkinson. Esa película de 1981 convirtió a Fonda, de 76 años, en el actor más viejo en ganar un Oscar (el único que premió una actuación suya, dicho sea de paso, ya que un año antes sólo había recibido un Oscar honorífico). En este apartado también puede citarse a «Las ballenas de agosto», que en 1987, unió a Bette Davis y a Lillian Gish, que entonces tenía 93 años.

Aunque ellos son todavía hombres muy vitales, la primera película juntos de Jack Nicholson y Morgan Freeman encaja en ambas tradiciones. En

«Antes de partir», ambos interpretan a dos condenados por la misma enfermedad, el cáncer, pero en todo lo demás son muy distintos. Edward (Nicholson) es un millonario excéntrico que, entre otras cosas, es dueño del hospital en el que ambos terminan internados. Y, para dar una idea de la verosimilitud de lo que viene, váyase sabiendo que es obligado a compartir la habitación con el modesto mecánico Carter (Freeman). Si bien el guión de Justin Zackham se ocupa de darle una explicación a este disparate, no por eso deja de ser un disparate.

La forzada convivencia da lugar a unos tímidos apuntes sobre cómo trata el sistema norteamericano a los pobres, pero fundamentalmente, a que -después de algunos encontronazos, desde luegoambos hagan las migas suficientes como para lanzarse juntos a hacer lo que nunca en su vida hicieron. Esto después de que Edward descubre que Carter está escribiendo la «buckett list» del título (lo que podría traducirse como la lista del moribundo).

A partir de ahí, el film se transforma en una road movie, con ambos recorriendo el sur de Francia, Sudáfrica, las pirámides de Egipto, el Taj Mahal, Hong Kong, etcétera, a bordo del avión privado de Edward. Más que mostrar paisajes, que muchas veces parecen decorados, el argumento se centra en las «locuras» que el desaforado Edward obliga a realizar al más circunspecto Carter (vale decir, el desaforado Nicholson al circunspecto Freeman). Y aquí hay que decir que el personaje de Nicholson se luce más, porque tiene más cambios. El de Freeman es más lineal, ya que está diseñado para marcar el límite moral, como era de esperarse.

Como sea, si se ríe y se llora con esta película se debe a la entrega de sus dos actores protagónicos. Eso sí, cuando más se ríe y llora es con ese gran manipulador que es Nicholson. Pero, vaya un elogio para Sean Hayes (el amanerado vecino de los protagonistas de la serie de TV «Will and Grace»), cuyas breves intervenciones como el asistente personal de Edward no tienen desperdicio. Y al director Rob Reiner, bueno, hace mucho que no encuentra una guionista como la Nora Ephron de «Cuando Harry conoció a Sally».

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