6 de agosto 2008 - 00:00

Con los decorados a otra parte

Con los decorados a otra parte
«Regnava nel silenzio»: nunca mejor aplicada el aria de «Lucia di Lamermoor» como al actual gobierno en el Teatro Colón, desde fines del año pasado a esta parte: entre sus venerables muros, tapices y vitraux, el silencio de voces, orquestas y coros es total. Sin embargo, lo que más angustia es que tampoco se oiga martillar, masillar, pulir, trabajar.

Desde que cayó el Master Plan sólo se han construido hipótesis y declaraciones sobre las eventuales fechas en las que se pueda regresar, de una vez por todas, a poner manos a la obra. Hace más de dos meses, la gerenciadora SYASA ganó la licitación para controlar la nueva y (se espera) definitiva etapa de los trabajos de restauración. Ese proyecto, como se sabe, depende ahora del Ministerio de Desarrollo Urbano, cuyo titular Daniel Chain habría presionado en los últimos días a los responsables de dicha gerenciadora para comenzar de inmediato con los trabajos.

Se esperaba que esta semana hubiera una presentación y anuncio de esa nueva etapa (cuyos contratistas, según se anticipaba, serían los mismos que trabajaban para el Master Plan), pero ayer fuentes de dicho Ministerio dijeron a este diario que todo se trasladaba a la semana próxima. Según se publicó ya en esta sección, hubo al menos dos anuncios oficiosos importantes: el telón histórico no será destinado a un museo sino que se restaurará, y el cuestionado trabajo con el montacoches sobre la calle Cerrito no tendrá lugar.

Ahora bien, en las entrañas del Colón, aunque silenciosas, se ha empezado a tomar conciencia sobre un problema ciertamente no menor, y que presuntamente a los impulsores del Master Plan jamás les preocupó: ¿qué se hará con los inmensos depósitos de escenografías, guardados en los subsuelos, cuando haya que restaurar todo ese sector? La ciudad de Buenos Aires tiene un depósito en Almagro, en la calle Labardén, donde en los últimos meses fueron siendo trasladados numerosos elementos, entre ellos una buena cantidad de trastos casi inservibles: viejos escritorios, elementos de utilería, placares, ficheros.

Sin embargo, la monumentalidad de las escenografías históricas no resiste un traslado de esa naturaleza, y tampoco pueden ser reacomodadas en otras dependencias de la sala de Plaza Lavalle. De modo que, en estos días, comenzó un peregrinar en busca de un depósito acorde, que todavía no ha encontrado un final feliz.

En primer lugar, se recurrió al Ejército Argentino, una institución que si bien no tiene mayor afinidad con el mundo de la lírica, al menos dispone de espacios lo suficientemente amplioscomo para cobijar, hasta que sea necesario, las apoteósicas construcciones que deslumbraron al público en «Turandot», «Aída» o «Sansón y Dalila», entre tantos otros títulos. Hubo dos consultas: en primer lugar, se gestionó llevarlas a un hangar de los asientos militares en El Palomar, y más tarde a las barracas del Primer Cuerpo en Palermo.

Desafortunadamente, ambas gestiones fueron negativas, porque los costos de alquiler que se pidieron por mantener semejante cantidad de decorados fueron prohibitivos para el austero presupuesto del gobierno ciudadano. Una tercera gestión, en la Sociedad Rural Argentina, dio resultados similares.

Los plazos que median entre el comienzo de las obras, que deberían iniciarse en lo inmediato, y la obtención de un lugar acorde para guardar en depósito las escenografías se estrecha cada vez más, sin que por ahora haya solución a la vista. El Colón, como se ve, no sólo va asociado a los nombres de Verdi y Wagner. Ahora también a Hitchcock.

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