20 de enero 2000 - 00:00

"CORAZONES APASIONADOS"

P ersonajes de la noche, definidos por su mayor o menor grado de neurosis y desamparo, protagonizan las varias historias que confluyen en «Corazones apasionados». La ciudad es Los Angeles, el gusto que predomina es el del alcohol, y el paisaje nocturno rara vez aparece amenazado por el sol de California, salvo al final, cuando estos personajes, que nada parecían tener en común, empiezan a revelar sus vínculos El armado de la película puede recordar a la «Ciudad de ángeles» de Robert Altman (de quien, curiosamente, hoy se estrena también su nuevo film), con la diferencia de que lo que en Altman es claramente lenguaje de cine, aquí es de televisión. Como si se tratara de una miniserie comprimida hasta alcanzar el formato de largometraje, la «polifonía» de «Corazones apasionados», sus episodios e interrelaciones, y sobre todo su puesta en escena respon den a una lógica televisiva casi cartesiana: definición clara de conflicto, diálogos aclaratorios, humor liviano, manipulación del suspenso hasta dar el salto al caso siguiente, como si mediara un imaginario corte publicitario. El resultado es agradable y superficial.
Dennis Quaid interpreta a un mentiroso compulsivo, cliente de un club nocturno donde sólo las no habitués padecen sus extenuantes confesiones; Angelina Jolie, la nueva protegida de los estudios de Hollywood, representa a la alcohólica a la deriva que tropieza, por primera vez, con un 'dark' que puede llegar a conmoverla; Gillian Anderson es la histérica perfecta, que aquí le teme más al compromiso emotivo que a los fenómenos paranormales (y el hombre que la soporta es, a su vez, más masoquista que un alien de los X Files).
A
Madeleine Stowe, que militó en las filas de Altman en el film referido antes, le toca el papel de la adúltera por razones de salud mental (el espectador sabrá mucho después quién es el marido), y al matrimonio de los espléndidos Gena Rowlands y Sean Connery le sobreviene una grieta en el momento menos pensado. Una historia adicional introduce el infaltable elemento melodramático: Ellen Burstyn es la madre que nunca supo entender a su hijo, y que ahora lo asiste junto su lecho de muerte, postrado por el Sida.
«Corazones apasionados»
no abunda en iluminaciones pero es capaz de capturar al espectador durante algo más de dos horas sin que éste lo sienta: tiene sentido del tiempo, buenos actores que dan con los matices exactos (y les sobra: son papeles, en su mayoría, unilineales) y un libro ameno y simple, que ni siquiera traiciona el cánon televisivo en su concertado final feliz, donde todos los conflictos se resuelven con rapidez y a tiempo antes de que empiecen los títulos de cierre.















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