30 de abril 2008 - 00:00

Creíble drama familiar con brillantes actores

Los excelentes Philip Seymour Hoffman y Laura Linney dan vida a dos hermanos obligados a asistir a un padre con demencia senil (Philip Bosco) en «La familia Savage».
Los excelentes Philip Seymour Hoffman y Laura Linney dan vida a dos hermanos obligados a asistir a un padre con demencia senil (Philip Bosco) en «La familia Savage».
«La familia Savage» (The Savages, EE.UU., 2007, habl. en español). Dir. y Guión: T. Jenkins. Int.: L. Linney,
P. Seymour Hoffman, P. Bosco, P. Friedman.


La apertura de este notable film de cámara (tres personajes protagónicos y algunos satélites estrictamente necesarios) causa cierta aprensión. Acaso sea porque su escatología explícita alimenta el prejuicio que despierta el título: a ver si todavía se trata de otra familia estilo «Los excéntricos Tenembaum» o «El viaje a Darjeeling», con esos personajes estólidos y ese humor correspondiente marca Wes Anderson. Nada de eso.

Podría decirse que, como las de Anderson, la familia Savage es «disfuncional», pero sus integrantes son perfectamente reconocibles y cualquiera puede identificarse con el conflicto que afrontan dos de ellos: la repentina obligación de hacerse cargo de un padre mental y físicamente devastado, con el que hace tiempo no tienen contacto (Philip Bosco).

Wendy (Laura Linney) y Jon (Philip Seymour Hoffman) son dos hermanos en los 40, sin más en común que un pasado de abandono cuyas huellas se manifiestan en el presente de cada cual. Ella es una dramaturga fracasada que mantiene una patética relación con un hombre casado. El es aparentemente más sensato, tiene un trabajo «de verdad» (enseña teoría teatral) y está escribiendo un ensayo sobre Bertold Brecht, un dato nada gratuido a juzgar por su «distanciado» modo de renunciar a la mujer que ama, por ejemplo. En eso andan cuando deben unirse para decidir qué hacer con ese cuasi desconocido que irrumpe en sus vidas sin haber hecho el menor mérito como padre a su debido tiempo. A partir de un guión propio admirablementesobrio, la directora Tamara Jenkins expone las diferencias entre los hermanos, empezando por las distinciones de género; ésas que cultural y socialmente imponen de forma espontánea qué le corresponde hacer a cada uno, y cómo, sin importar que ambos sean letrados y «modernos»: «Tú te quedas a cuidarlo y yo me ocupo de encontrar un asilo», decreta Jon. Con igual naturalidad, surgen otros asuntos humanos, como la competencia, los dilemas morales (la culpa y el deber ser por encima de cualquier argumento racional, sobre todo en Wendy), el miedo y la perplejidad ante la enfermedad y la muerte. Al respecto, siempre sin cargar tintas ni discursos, hay unos apuntes bien certeros sobre la indefensión de la vejez.

Resumiento, he aquí un film inteligentementeemotivo con pinceladas de humor algo absurdo y muy bien actuado. Como siempre, Seymour Hoffman está excelente, pero por una vez tiene una partenaire de igual a igual en la asombrosa Laura Linney. La iluminación de Mott Hupfel es otro elemento indispensable porque define el color y la temperatura de los mundos que se cruzan a la fuerza en «La familia Savage».

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