13 de agosto 2021 - 00:00

El Emperador no está desnudo: sólo usa "cripto-vestimentas"

Firmas como Gucci y Vuitton se suman a esta moda del llamado "metaverso" digital.

Kimonos virtuales. No existen en la realidad, pero cuestan u$s140.

Kimonos virtuales. No existen en la realidad, pero cuestan u$s140.

En su “Decamerón”, Pier Paolo Pasolini se había reservado el papel de un pintor religioso, discípulo de Giotto, quien insatisfecho con el resultado del fresco en una iglesia exclamaba en lo alto del andamio: “¿Por qué hay que realizar las obras si es mejor soñarlas?”. Las imperfecciones, la insalvable diferencia entre la pureza de la idea y lo que termina plasmándose en el muro, o en el libro, o en la película, eran el sustento de su queja. Los adolescentes de hoy, en sus “memes”, saben de esto: ellos distinguen entre “el avatar” y “la juntada”.

Y también ahora, medio siglo después de aquella película, la “criptorrealidad”, ese universo paralelo con moneda propia y que puede llevar a alguien a pagar millones de dólares por una obra de arte que no existe más que en lo digital, parece empezar a darle una respuesta a Pasolini. Una respuesta cuyos alcances aún no conocemos, pero sí sospechamos.

Hoy sabemos que los años de la pandemia también serán recordados -en la conjetura de que alguna vez se regrese a un mundo pre-covid- como los del nacimiento del mercado del arte no fungible, que permitió que en marzo último Christie’s concretara la venta de “Los 5000 primeros días”, obra del artista conocido como Beeple, en la inaudita cifra de 70 millones de dólares. Es decir, lo que antes era habitual que se pagara por un Cézanne o un Monet de tela y óleo, ahora se invierte en un conjunto de pixeles sin existencia física, aunque “único”: sólo quien pagó por él es su propietario, más allá de que la obra pueda copiarse con una perfección que ningún Cézanne o Monet fraudulento conocieron jamás.

Sin embargo, esto es sólo el comienzo. El arte no fungible es solamente una parte de lo que hoy se configura como un universo cibernético paralelo, o “metaverso”, espacio virtual que nuestros dobles, o “avatares”, podrán habitar en algún futuro más o menos próximo. Lo de “metaverso”, aunque así les suene a los maliciosos, nada tiene que ver con la descalificación, en argot rioplatense, de algo que no nos parece serio o real: es la contracción de la expresión “metauniverso”, un universo puramente ideal, platónico, en el que más allá de las cavernas que habitamos podremos alternar con aquellos amigos, familiares y conocidos que también se atrevan a poblarlo con sus clones virtuales. Hasta el momento, sólo algunos sofisticados juegos virtuales emplean ese tipo de avatares personalizados.

Esto, que parece ciencia ficción (y no de la mejor) es uno de los objetivos a los que tiende la invención de Mark Zuckerberg, Facebook, quien ha dicho hace poco que el fin último de su red social es la construcción de un metaverso de esas características. Adolfo Bioy Casares lo había postulado bastante antes a través de Morel, pero aquello sólo fue considerado literatura.

Lo que no especificó Zuckerberg es si los avatares personales, en el metaverso, deberán ser siempre controlados por sus originales de carne y hueso, o si tendrán en algún momento existencia propia. De allí a la ilusión de inmortalidad hay sólo un paso.

Pero, para regresar a la crónica diaria, el metaverso volvió a actualizarse ayer con la noticia de que un diseñador japonés de 23 años, Hiroto Noah Kai, que vive en New Hampshire, empezó a ganar dinero desde que se puso a vender ropa digital, en especial kimonos, para que sus clientes los luzcan en sus propios avatares. Al igual que las pinturas digitales, esos kimonos tampoco existen en la realidad, pero valen 140 dólares cada uno. El joven estilista dijo que ganó entre 15.000 y 20.000 dólares en sólo tres semanas.

Estas ventas reales de ropas no existentes replantean la vieja fábula de las vestimentas del Emperador y exigen reformularla: ahora el Emperador sabe que está desnudo, no necesita a nadie que se lo advierta, pero su respuesta es que la ropa real no le serviría en el metaverso donde desea instalarse. Decentraland es el nombre de esta tienda de ropa para avatares, denominada “wearables”: no necesita lavado ni planchado, y se adquiere en la blockchain mediante el mismo token no fungible con el que se compra arte. Los kimonos de Kai, se exaltan los más entusiastas, poseen exquisitas piezas de terciopelo azul con adornos de dragón dorado. Hasta parece una bicoca 140 dólares por esa no-ropa.

Desde ya, las marcas de indumentaria y ropa más importantes del mundo no podían permanecer ajenas al fenómeno: Louis Vuitton lanzó un juego metaverso en el que los jugadores pueden coleccionan tokens no fungibles, y Gucci ha vendido ropa para avatares del juego Roblox.

El metaverso tuvo su origen como escenario de la ciencia ficción distópica, pero ese concepto devino objetivo central para Silicon Valley. Las nuevas empresas, los capitalistas de riesgo y los gigantes tecnológicos no dejan de hablar de metaverso, algo que se parecerá bastante a internet, pero más habitable, más transitable, más cálido que las ventanitas de zoom para hablar con colegas o amigos. Claro, no seremos nosotros quienes hablemos, como en el zoom, sino nuestros dobles virtuales, nuestros avatares. Pero quizá esa distinción también carezca de importancia en el futuro.

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