"Cruzada"

Espectáculos

Contradictoria y difícil la empresa de Ridley Scott: tratar de encontrar héroes como protagonistas de un acontecimiento que avergüenza al Occidente posterior al Concilio Vaticano II y, por razones mucho más pragmáticas, al mundo tras el 11 de septiembre de 2001. Con precauciones y pruritos, el director de «Gladiador» realizó «Cruzada», una superproducción híbrida, espectacular sin duda, con bellas escenas de batalla, pero cuyos personajes no habitan los tiempos que les tocó vivir sino que parecen haber sido esclarecidos, en su conciencia histórica, por Susan Sontag u Oriana Fallaci.

Casualmente hasta hace pocos días, en el Teatro Colón estuvo representándose la ópera de Verdi sobre las Cruzadas, «I lombardi alla prima crociata», donde la puja ideológica se volvía mayor y hasta ligeramente más absurda: sobre el final, con los coros de alabanzas a Dios por la toma de Jerusalén, el régisseur revisionista Stefano Vizzioli dispuso una escena casi concentracionaria, con cadáveres apilados y una cruz en llamas al fondo.

Este era, sin embargo, un comentario del siglo XXI sobre una obra del temprano siglo XIX, cuando no existían las contradicciones actuales. Pero, en el caso de «Cruzada», la significación es completamente distinta, y es esa vergüenza histórica la que pesa sobre un guión acomplejado, en el que el mayor grado de heroísmo consiste en ser derrotado por los justos, es decir, los turcos de Saladino. Rara la épica de Scott.

Ese no es el único conflicto del libro, cuya acción está deliberadamente ubicada en uno de los momentos de más debilidad para Occidente: al fin de la desastrosa Segunda Cruzada, poco antes de caída de Jesusalén, y de que
Ricardo Corazón de León inicie la Tercera. Durante la arenga a los guerreros, cuando los musulmanes están a las puertas de Tierra Santa, el líder cristiano Balian (Orlando Bloom), en cuyas manos reposa la suerte de la Jerusalén «liberada», se refiere a la antigua toma de la ciudad por parte de los cristianos como una «ofensa» (sólo un cruzado traidor pensaría de esa forma a fines del siglo XII). Mucho antes, en un diálogo que Balian sostiene con el moribundo rey leproso Balduino IV (Edward Norton, a quien nunca se le ve la cara, salvo a su muerte), ambos manejan un concepto tan moderno como el de «obediencia debida»: «No respondas a órdenes que repugnen a tu conciencia», le dice el rey al guerrero, «Cuando te juzgue Dios, de nada te servirá decirle que hacer el mal te fue ordenado». Por si faltara algo, el libro tampoco se priva de un acento anticlerical en la figura de un sacerdote hipócrita, que le sugiere a Balian, cuando la ciudad está prácticamente perdida, convertirse a la fe musulmana para salvar el pellejo: «siempre tenemos tiempo para arrepentirnos más tarde».

Con esta base, Scott acomete la dura e improbable tarea de tallar héroes: si no puede convertir en tal al sabio y templado Saladino (al fin y al cabo, se trata de una película que se cuenta desde el otro bando), el personaje al que redimirá será, en primer lugar, el de Balian, herrero « neutral» que sólo sigue el mandato de su heroico padre Godofredo (Liam Neeson), y cuya concurrencia a Tierra Santa sólo persigue la expiación.

En segundo término, el cuadro político que delimita responsabilidades parece, casi, un Nüremberg
avant-la lettre; así, el rey cristiano Balduino IV, carcomido por la lepra, aparece tironeado por halcones y palomas: los primeros son los protofascistas Reynald y Guy de Lusignan, quien llegará finalmente al trono, y los moderados son Balian, desde luego, y el sabio Tiberias (Jeremy Irons), como si a ambos les pesara mantener el dominio en una ciudad que no les pertenece. Sibila (Eva Green), hermana de Balduino, esposa de Guy, amante de Balian, es bella e intrigante como una espía de varios siglos después.

Cada época poetiza la historia con los elementos de verosímil que tiene a mano, y con sus propias categorías de justos y réprobos. Si
Torcuato Tasso deleitó a miles de lectores con sus cantos de victoria contra los infieles, Ridley Scott, a su manera, cambia el reparto de inocentes y culpables, pero continúa con la misma tarea.

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