Cuarón preserva bien la magia de "Potter"

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«Harry Potter y el prisionero de Azkaban» (EE.UU., 2004, habl. en inglés). Dir.: A. Cuarón. Int.: D. Radcliffe, G. Oldman, D. Thewlis, Rupert Grint, E. Thompson, M. Smith, J. Christie.

El fenómeno permanece intacto. Este es el gran logro del tercer film de Harry Potter, excelente nueva entrega de una saga que a esta altura no era nada fácil de adaptar al cine, sobre todo por la presión que implica semejante éxito.

Leal al personaje, el tercer libro de J.K. Rowling puso menos énfasis en la historia que en los dos anteriores; en cambio, enriqueció su creación con un retrato minucioso, lleno de guiños para iniciados y preparó el universo mágico para que el protagonista se haga cargo de aventuras mucho más independientes entre sí.

Al bajarse del proyecto, el director
Chris Columbus sabía bien lo que hacía. Enfrentar un nuevo film de Potter luego de las dos asombrosas entregas anteriores, con chicos más creciditos, sin Richard Harris como el esencial director de la escuela de magia (Michael Gambon casi no tiene escenas), implicaba una apuesta capaz de acobardar a cualquier nombre importante de Hollywood. Quien no sepa que Alfonso Cuarón dirigió la fábula infantil «La princesita» (1995), podría pensar que darle el tercer Potter a este cineasta mexicano conocido por el éxito erótico «Y tu mamá también» fue una elección desesperada.

El mayor logro de
Cuarón es borrar cualquier impresión en este sentido. Su película es ciento por ciento Potter, sin aburrir repitiendo cosas ya vistas ni arrojando sorpresas fuera de lugar, y resolviendo de un modo inteligente la adaptación de una novela mucho menos directa que las anteriores.

La trama presenta a un
Potter con aspecto y actitudes lindantes con la Edad del Pavo; rebeldías mitigadas repentinamente por una noticia de primera plana: el peor criminal del mundo de la magia acaba de fugarse la prisión de Azkaban aparentemente para asesinarlo. Esto genera cosas desagradables como la presencia de los espectros horribles guardiacárceles de Azkaban merodeando por la escuela de Potter. El asesino prófugo es un Gary Oldman, que se pasa media película gesticulando sus más conocidas caras de villano desde afiches callejeros y primeras planas de periódicos. Su amenaza demora en llegar, lo que se disimula bastante bien con las clases del profesor Lupin (David Thewlis), experto en técnicas de defensa contra fuerzas oscuras. Más allá de la docena de situaciones anecdóticas que dilatan el conflicto principal, momentos impactantes como el encuentro con un pájaro mitológico resultan lo bastante contundentes como para borrar por completo toda preocupación por la trama o el ritmo narrativo. Y finalmente, cuando un verdugo realmente dark baja su hacha medieval sobre una víctima inocente el espectador entiende que debe prepararse para una pesadilla más siniestra que la que Harry vivió en la Cámara Secreta. Obviamente eso es algo muy difícil, y tanto el libro como la película se las arreglan para armar un clima muy oscuro que solucionan de un modo muy ingenioso, casi intelectual.

Al final,
Cuarón se luce profesionalmente como el mago que entrega un Potter perfecto -en una segunda secuela esto es muy poco comúny Potter no termina de cortar los hilos sueltos de la historia. Sí deja claro que a este mago le sobran trucos para mostrar en el futuro.

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