4 de noviembre 1999 - 00:00

"CUENTOS DE OTOÑO "

Hacía casi dos décadas que en la Argentina no se estrenaba una película de Eric Rohmer, el admirable director francés, ya de 79 años. «El rayo verde» y «La mujer del aviador» fueron las últimas; desde entonces, el espectador argentino perdió el resto de su abundante producción, incluyendo la continuidad de sus apasionantes «Comedias y proverbios» (salvo esporádicos ciclos en el Teatro San Martín). Y, cuando parecía que ya no habría más Rohmer en los cines, afortunadamente llegó el otoño y se estrenó la última de sus cuatro «Estaciones». Marie Rivière y Beatrice Romand, dos de sus actrices favoritas, ya están transitando los 45 años y éste es un detalle que no dejará de provocar un ligero estremecimiento en el público que las haya conocido de películas anteriores, cuando eran poco más que veinteañeras (otro siniestro efecto de haber interrumpido la obra de Rohmer: algo así como haber saltado, en el caso del Antoine Doinel de Truffaut, de «Los 400 golpes», cuando el personaje era un chico, a «El amor en fuga», con 40 y tantos).
El cine de Rohmer es extremadamente dialogado y calmo; es decir, cada vez se parece menos al cine que se hace hoy; no es, definitivamente, un cine para un espectador apurado. Sus películas provocan la misma sensación que se puede tener, en un bar o en otro lugar público, cuando escuchamos una conversación íntima, confesional tal vez, en la mesa vecina. La diferencia es que con Rohmer no hay culpa, ni perderemos el hilo de la historia, ni riesgos de que los personajes adviertan que los estamos escuchando y hablen más bajo o callen.
«Cuentos de otoño» (el plural es sólo de la traducción local) transcurre en el pequeño viñedo que cultiva Magalí en el Mediodía francés. Sus hijos ya están grandes y ella se está quedando sola y mañosa. Isabelle, librera, su mejor amiga, se propone conseguirle un hombre sin que ella lo sepa, y para ello publica un clasificado y se dispone a jugar una comedia: hacerse pasar por Magalí, y en el momento conveniente revelarle la verdad al candidato, para que él -si lo admite-continúe por las suyas la conquista «auténtica».
Esta línea más o menos esquemática del argumento del film no debe malinterpretarse: el placer de este otoño no tiene nada que ver con la comedia sentimental de enredos, aunque sí con los sentimientos; Rohmer es incomparable en su habilidad para tramar hermosas historias con ellos y establecer contrapuntos con lo que les ocurre a otros personajes, como la fábula de Rosine, amiga del hijo de Magalí, que a su vez intenta presentarle a su maduro profesor de filosofía, con quien también ella --Rosine-ha tenido un affaire que no quiere continuar. En el mundo de Rohmer nunca hay grandilocuencias ni gestos trascendentes o fatales; por eso es tan cercano, tan creíble y disfrutable.

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