El estreno, pasado mañana, de una nueva versión cinematográfica de “Cumbres borrascosas” vuelve a interpretar, desde el presente, una obra cuya materia parece inagotable. De hecho, es uno de los clásicos decimonónicos más llevados al cine en las últimas décadas, y en distintos países.
"Cumbres borrascosas": un clásico en tormenta perpetua
La nueva adaptación de la novela de Emily Brontë revive el diálogo con una obra que atravesó el cine, la radio y la televisión, y que sigue resistiéndose a una lectura definitiva.
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La película, escrita, dirigida y producida por Emerald Fennell (conocida, como actriz, por haber encarnado a Camilla Parker Bowles en la serie “The Crown”), está interpretada por Margot Robbie como Catherine Earnshaw y Jacob Elordi como Heathcliff, y viene precedida por una promoción que subrayó aspectos como una lectura “intensa” y sexual de la pareja protagónica.
Más allá de su resultado artístico, el hecho de su aparición lleva a considerar un fenómeno más amplio: cada nueva adaptación de la novela de Emily Brontë no sólo dialoga con sus predecesoras, sino que evidencia el carácter problemático del original literario. “Cumbres borrascosas” (“Wuthering Heights”), publicada en 1847, no es simplemente un romance a lo Jane Austen, sino una obra atravesada por una violencia emocional y social que desborda las categorías morales y narrativas de su época.
La novela narra la historia de la pasión destructiva entre Catherine y Heathcliff, un chico de origen incierto adoptado por la familia de ella en los páramos de Yorkshire. El vínculo, muy intenso, se quiebra cuando Catherine acepta casarse con Edgar Linton para asegurarse una posición social, decisión que hiere a Heathcliff. Tras desaparecer y regresar enriquecido, emprende una larga y metódica venganza contra quienes considera responsables de su humillación. La violencia emocional que desencadena se prolonga en la generación siguiente.
El libro no presenta un romance trágico en sentido convencional, y mucho menos victoriano, sino la exploración de la pasión como fuerza antisocial y obsesiva, que desborda la ética y las estructuras de clase. Heathcliff y Catherine no encarnan un amor idealizado, sino una identificación mutua que roza la autodestrucción. La estructura narrativa, con sus atajos y relatos indirectos, intensifica esa sensación de distancia. Emily Brontë fue revolucionaria en forma y contenido.
Antes de internarnos en la rica historia de sus versiones cinematográficas, recordemos que “Cumbres…” también formó parte de la tradición cultural argentina. En la radio fue interpretada en dos ocasiones: primero por Pedro López Lagar e Hilda Bernard, y más tarde por Alfredo Alcón y Violeta Antier. En la televisión la produjo Canal 9 como telenovela en 1960, con Ignacio Quirós y María Aurelia Bisutti, y ya en 1978 hubo una miniserie que llevó por protagonistas a Rodolfo Bebán y Susú Pecoraro, y un elenco integrado, entre otros, por Gabriela Toscano, Fernanda Mistral, Carlín Calvo, Gianni Lunadei, Alicia Bruzzo y Walter Santa Ana. Esa versión fue digitalizada y, esporádicamente, la emite el canal Volver.
Versiones
La tradición cinematográfica suele organizarse en torno a puntos de referencia que funcionan como interpretaciones clásicas. La versión de William Wyler de 1939, con Laurence Olivier y Merle Oberon, estableció el canon romántico: atmósfera brumosa, intensidad trágica sublimada y una reducción narrativa que privilegiaba la dimensión sentimental por encima de la complejidad del libro. Durante décadas, esa película fijó la imagen visual del relato en la imaginación colectiva.
En contraste, “Abismos de pasión” (1954) de Luis Buñuel, con Irasema Dilián y Jorge Mistral, demostró que el texto podía ser apropiado con libertad. Trasladado a México, donde estaba establecido el director de “El perro andaluz” durante su exilio, el relato se convirtió en un film distinto, desbordado, en el que la pasión, la culpa y la violencia adoptaban resonancias simbólicas, “buñuelescas”. Si Wyler consolidó la lectura romántica, Buñuel puso en evidencia que la novela podía sobrevivir a su desarraigo geográfico y cultural.
En esa línea de reinterpretaciones, la década del setenta ofreció un momento de transición con la adaptación dirigida por Robert Fuest en 1970, protagonizada por Timothy Dalton y Anna Calder-Marshall. La película se inscribe en un contexto cinematográfico que comenzaba a desconfiar del romanticismo decorativo y buscaba tensiones psicológicas más explícitas.
El Heathcliff de Dalton era menos idealizado y más expuesto en su resentimiento, mientras el film intentaba recuperar aspectos del entramado familiar y de las tensiones de clase que versiones anteriores habían suavizado. Esa aproximación evidenció un cambio sustancial: el relato ya no se percibe únicamente como tragedia amorosa, sino como drama de frustración social. La adaptación no alcanzó la calidad de otras, pero resultaba reveladora de una época en que el cine británico interrogaba sus propios mitos literarios desde una sensibilidad distinta. Eran los años del “free cinema”.
La versión de 1992 dirigida por Peter Kosminsky, con Ralph Fiennes y Juliette Binoche, prolongó ese movimiento desde otra perspectiva. Al incorporar de manera sustancial la segunda generación de personajes, le restituyó al libro lo que antes se soslayaba, subrayando la repetición y transmisión del conflicto. Fiennes construyó un Heathcliff sombrío y visceral, mientras Binoche encarnó la ambivalencia emocional de Catherine con su conocida ductilidad. La película apostó por un realismo atmosférico que evitaba la estilización excesiva, privilegiando el peso psicológico de los vínculos y el paisaje. En ese intento de aproximación integral al texto se advertía la voluntad del cine de fin de siglo: recuperar la densidad literaria sin renunciar al efecto emocional.
Más allá de estas versiones, existieron adaptaciones de marca autoral que reafirmaron la capacidad del relato para adaptarse a otros territorios creativos. Jacques Rivette, hijo de la “nouvelle vague”, trasladó con “Hurlevent” (1985) la acción al sur de Francia y propuso una lectura austera y contemplativa donde el espacio y la temporalidad adquieren protagonismo. Yoshishige Yoshida, en “Arashi ga Oka” (1988), situó la historia en el Japón feudal, integrándola a códigos culturales distintos y confirmando la universalidad del conflicto.
A éstas se suman aproximaciones televisivas británicas como la miniserie de la BBC de fines de los setenta, otra miniserie británica de 2009, con Tom Hardy y Charlotte Riley, la película inglesa de Andrea Arnold en 2011, con Kaya Scodelario y James Howson —que enfatizó lo físico y la violencia ambiental— y, hace tres años, otra versión británica para cine de y con Bryan Ferriter junto con Ryan Pfeiffer.
Emily Brontë
La figura de Emily Brontë y su universo creativo encontraron, además, una resonancia particular en “Las hermanas Brontë” (1979), de André Téchiné. Allí Isabelle Adjani compuso una Emily de intensidad silenciosa y magnética, casi un doble del personaje de Catherine, que funcionaba como símbolo de la singularidad literaria del origen. Esa película, que contenía la rareza de que el propio Roland Barthes, el gran teórico literario francés, hacía una breve intervención, era volver a la fuente, recordar que toda versión dialoga con una escritura cuya marca sigue intacta.
Tal vez el sentido de esta cadena de reinterpretaciones resida en la propia naturaleza de la novela. “Cumbres borrascosas” no ofrece consuelo moral ni conciliación narrativa; su mundo está regido por fuerzas pasionales, resentimientos sociales y repeticiones afectivas que desestabilizan tanto al lector como al espectador. Cada adaptación, al intentar domesticar o traducir esa intensidad, revela sus límites y la marca de su época
En ese ciclo de lecturas sucesivas, que ahora incorpora un nuevo capítulo, “Cumbres borrascosas” demuestra que algunos textos no se adaptan para ser reproducidos, sino para seguir interrogando a quienes intentan apropiárselos. En esa interrogación persistente, más que en cualquier fidelidad literal, se manifiesta su verdadera supervivencia cultural.
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