Daryl Hannah, ignorada por Hollywood, se fue a Londres

Espectáculos

Es fácil pensar que una apariencia de poderosa valquiria, apuntalada en casi 1,80 de estatura y coronada por una sedosa melena dorada, debería ser la perfecta garantía de una autoestima de hierro. Y una fastuosa tarjeta de presentación para que en Hollywood se pongan a tus pies. Si el físico marca el destino, el de Daryl Hannah, grande, contundente, un poco frío, sí, pero no exento de glamour cuando se deja vestir por el estilista adecuado, estaba destinado a hacerse un importante lugar bajo el sol de Los Angeles. Sin embargo, algo se torció en el camino. Quizá demasiado enredada en turbulentas y frustrantes relaciones (la más comentada fue la que mantuvo con John John Kennedy), a Daryl le ha faltado constancia en su dedicación y un algo más de chispa. Lo cierto es que hace ya unas cuantas películas que la rubia actriz, pese a haberse decidido a trabajar con directores de interés como Tom DiCillo o Robert Altman, sólo consigue papeles de apoyo logístico y jamás un protagónico absoluto.
Ahora, cuando sus ojos azules la delatan cansada, a punto de saltar esa fatídica -dicen-barrera de los 40 años, se inventa la reconversión de sí misma en una pirueta a la que hay que reconocerle mucho valor y algún mérito. Nada menos que emular a
Marilyn Monroe en «La comezón del séptimo año», la obra de teatro de George Axelrod a la que el vitriólico Billy Wilder añadió esenciales toques de cizaña en su adaptación cinematográfica.

Gancho comercial

Ella no ha dudado un segundo en sumarse a la moda que invita a las estrellas de Hollywood a convertirse en el gancho comercial de los montajes teatrales de Londres.
También en Londres se inventaron la versión popular de esa misma apuesta, con textos más accesibles como
«El graduado», que brindó la oportunidad a Katherine Turner, y más tarde a Jerry Hall, no sólo de lucirse, sino también de mostrar sin vergüenza sus maduras anatomías.
Hannah, sin la menor formación teatral, se ha tenido que conformar con esta segunda fórmula en un escenario de menos brillo como es el Queen's Theatre del West End londinense, que mantendrá la obra hasta el próximo 9 de diciembre. Por el momento parece haber división de opiniones respecto de sus cualidades interpretativas. La mayoría le reprocha el haber querido hacer un calco clónico de los genuinos mohínes que tan bien le sentaban a la explosiva e ingenua Marilyn. Los más acerbos han señalado lo evidente: la actriz tiene que luchar contra un referente muy difícil de olvidar, y la dirección de Michael Retford, el realizador de «El cartero», demasiado pegado a la película, tampoco la ayuda. Sin embargo, hay muchas voces que destacan la dignidad y la falta de pretensiones de la actriz. Ella ha sido la primera en reírse de la experiencia: «No me lo creo. He sobrevivido a los críticos británicos. Y he tenido mucha suerte, porque tienen fama de ser los más venenosos del planeta».
Sobreviviente es un adjetivo que le cuadra a la perfección. En los últimos tiempos se ha visto rodeada de muertes. Falleció su padrastro, el millonario Jerry Wexler, un hombre a quien la actriz ha confesado querer más que a su propio padre, que la abandonó cuando ella tenía 7 años. Murió también, y trágicamente, su último novio oficial conocido, John John Kennedy, a quien no logró llevar al altar pese a que, como ha revelado el periodista Christopher Andersen en la escandalosa biografía «The day John died» («El día en que murió John»), Daryl le suplicó de rodillas que se casara con ella.
Es una sufridora nata. Lo era ya en los tiempos del colegio cuando, larguirucha y con lentes, desarrolló el síndrome del patito feo. Y, sin embargo, logró sobreponerse a todo eso recién superada la adolescencia, cuando su rostro y su cuerpo de sirena lánguida empezaron a enamorar a la cámara. Se trasladó entonces a Los Angeles para estudiar literatura e interpretación y pronto, recomendada por su tío
Haskell Wexler -her-mano de su padrastro-, hizo un pequeño papel en «Furia», de Brian de Palma. De Wexler, uno de los grandes maestros de fotografía de la industria, heredó también las inquietudes políticas y el compromiso que la ha llevado a visitar dos veces Nicaragua en los '80 y a proclamar su admiración por Salvador Allende y Víctor Jara en una estancia en Chile en mayo de 1998.
Luego vendría la compleja relación con
John John Kennedy, que tampoco le depararía excesivas alegrías. «Yo soy muy manejable, me dejo manipular fácilmente. Me rebajo hasta el punto de pensar que cuando algo malo ocurre en la relación es como una prueba que tengo que superar», ha afirmado a modo de resumen definitorio.
Paralelamente, su carrera se afianzó con más seguridad. Tras algunas películas de menor importancia logró ser
Pris, la elástica replicante de Blade Runner, que Ridley Scott mostró como una máquina letal maravillosamente coreografiada. Muchos quisieron morir entre sus piernas. Pese al fuerte efecto de su imagen, su papel, pequeño pero impactante, distó de proporcionarle esa carta de presentación que la acreditara como actriz. Tampoco pudo demostrarlo a menudo. Su cuerpo interminable no permitía a los productores ver el bosque de su sensibilidad interpretativa.
En 1984,
Ron Howard la enroló como sirena en la infantil «Splash», y ahí por lo menos logró restarle erotismo al personaje a base de encanto. Y aunque la fama de esa película le permitió seleccionar mejor, lo cierto es que los papeles de fuste siempre se le escapaban. Ella es la primera en reconocer sus escasas aptitudes para las relaciones públicas: «Nunca me ha gustado participar en el juego de Hollywood. No he querido formar parte de tertulias televisivas porque el público en directo me da pánico. Ni siquiera me siento a gusto en las fiestas. Tampoco doy muchas entrevistas porque no soy buena hablando, y eso a veces es decepcionante e incómodo para los periodistas.

Complejos

Pese a ello, su talento brilló en «Magnolias de acero», de Herbert Ross, junto a una Julia Roberts futura Pretty Woman, especialmente porque no hizo otra cosa que dejar que aflorara su otro yo, el de una feúcha acomplejada y miope. Enamoró a Michael Douglas en «Wall Street», se llevó a la cama a Robert Redford en «Peligrosamente juntos», fue la atónita chica de Chevy Chase en «Memorias de un hombre invisible» y, pese a ser la protagonista, su presencia quedó ensombrecida, una vez más, por el romance que Antonio Banderas y Melanie Griffith mantuvieron en «Two Much», de Fernando Trueba.
No se puede negar su lucidez. Ella sabe bien que Hollywood es un lugar cruel en el que su valor ha perdido varios puntos porque no se ha plegado a las reglas del juego.
«Allí sólo piensan en vender el producto y sacar el máximo beneficio», ha dicho, quejosa. Por eso es fácil que esta última invención que la ha hecho disfrazarse de Marilyn sea un adiós a la joven rubia esplendorosa que le ha tocado vivir hasta hoy.
El próximo diciembre, cuando acaben las funciones en Londres, Daryl Hannah volverá a su rancho de Colorado para pensar en su próxima reconversión. Quizá decida entonces que tiene ganas de disfrutar de la madurez. Un par de cortos dirigidos por ella, que han competido con éxito en los festivales de Sundance y Berlín, la capacitan para convertirse en realizadora. Será su próximo sueño. Y tal vez la primera vez que se olviden de su físico.

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