Derrumban en mito de la maldición de Tutankamon

Espectáculos

Londres - Impulsado por la magnífica serie documental realizada por la BBC de Londres sobre el mayor descubrimiento arqueológico del siglo XX (que Ambito Financiero repondrá en «Canal 7» a partir de este domingo a las 20), Dominique Montserrat, un egiptólogo de la Open University rastreó en una paciente y detectivesca investigación, el curso de la famosa leyenda de la maldición de Tutankamon. Finalmente ha situado su origen en la imaginación de una jovencísima autora de las dos primeras décadas del siglo XIX, que asistió a un teatral «strip-tease» en el que se les quitaron las vendas a momias egipcias en público.

El espectáculo tuvo lugar cerca de Piccadilly Circus, en 1821, y parece haber inspirado a la novelista de 25 años Jane Loudon Webb para escribir un librito entre la literatura gótica y la ciencia ficción, al que dio un título poco original: «La momia». Situada nada menos que en el siglo XXII, su novela, publicada en 1822, relata la historia de una momia vengativa que vuelve a la vida y amenaza con estrangular al protagonista de la narración, un joven investigador llamado Edric. En 1928 «The fruits of enterprize», un libro de narrativa infantil, de anónima autoría, siguió su estela; en él desenterraban momias que luego los intrépidos arqueólogos utilizaban como antorchas humanas para iluminar el interior de una misteriosa pirámide. Esa visión de las momias vengadoras aún perfiló más la leyenda de la maldición. Allá por 1869, la autora de «Mujercitas», la novelista norteamericana Louisa May Alcott, escribió el cuento «Perdidos en la pirámide o la maldición de la momia», que se perdió y ahora ha sido desenterrado por Dominique Montserrat, miembro de la sección de publicaciones periódicas de la Biblioteca del Congreso en Washington. En ese relato, se cuenta -al igual que en el libro infantil anónimo, y quizá basado en élcómo un arqueólogo también utilizaba la momia de una sacerdotisa como tea para iluminar el interior de una pirámide.

Gracias a su luz puede encontrar y sustraer una caja de oro que contiene extrañas semillas. El investigador logra salir de la pirámide, retorna a América y le regala la caja a su prometida, quien planta las semillas, de las que nacen flores de formas extrañísimas que luego ella llevará, como adorno, el día de su boda. Pero, al inhalar su perfume, cae en coma y al final se convierte en una momia viviente. El tema central de la maldición siguió inspirando a novelistas británicos y norteamericanos hasta principios del siglo XX.

Lo cierto de la historia es que, a las 9.45 de la mañana del 11 de noviembre de 1922,
Lord Carnarvon y Howard Carter, cuya hazaña fue fotografiada por Harry Burton, rompieron, como resultado de una expedición, el sello de la cámara del faraón adolescente (asesinado por una conjura sacerdotal, a causa de haber restaurado el culto a Amón) y devolvieron a la luz tesoros de valía incalculable, 300 objetos hallados allí y en las cámaras adyacentes: una efigie de Amenophis III (abuelo de Tutankamon), una jarra de alabastro de la época de Ramsés II, tronos y literas de oro, cabezas de animales sagrados, una estatua de oro de Tutankamon con ojos de obsidiana, documentos y multitud de otros objetos. La momia estaba encerrada en siete sarcófagos adornados con motivos en oro, jade y lapislázuli.

Descubrimiento

En 1923, un año después de descubrirse la tumba de Tutankamon, una novelista escocesa de gran éxito, Minnie Mackay, más conocida por su seudónimo, Marie Corelli, utilizó el tema de la leyenda de la maldición de la momia para relatar aquel descubrimiento, y fue la que acuñó aquella famosa advertencia que prevenía a los asaltadores de tumbas: «Los peores castigos perseguirán a quien ose profanar una tumba sellada». La súbita muerte del gran profanador, Lord Carnarvon, ocurrida semanas después del descubrimiento por una picadura de mosquito, colocó esa maldición como frontispicio de las primeras páginas de los grandes periódicos. Entonces, los periodistas inventaron, para ilustrar la noticia, una antiquísima inscripción egipcia según la cual «la muerte vendrá con suaves alas a quien toque la tumba del faraón», lo que puso bajo el fatal influjo de la maldición a todos aquellos que murieron entre los miembros de la expedición a partir de entonces (que no fueron pocos, más que nada porque la gente, tarde o temprano, se muere). La verdad es que sólo 6 de las 26 personas que asistieron al descubrimiento de la cámara mortuoria de Tutankamon fallecieron durante la década siguiente (aunque otras, relacionadas con él, sí lo hicieron).

Otro de los escritores señalados como difusores de la supuesta maldición es
Sir Arthur Conan Doyle. Pero lo más relevante, en cualquier caso, es que no se conocen verdaderas «maldiciones» del Antiguo Egipto en contra de los profanadores de tumbas. Y es que en aquellos tiempos los profanadores de tumbas eran ejecutados no a instancias del espíritu de las momias ofendidas, sino por los tribunales y por ser ladrones. a-de

Maldiciones aparte,
Tutankamon se hubiera sentido muy satisfecho del descubrimiento de su tumba porque, de acuerdo con el pensamiento religioso de su tiempo, el alma del faraón sólo sobrevivirá si su nombre es repetido, periódicamente, por toda la eternidad. Luego de miles de años de silencio, el nombre de Tutankamon ha sido y será repetido si no por la eternidad, al menos durante varios siglos. Dominique Montserrat, autor de «Historia, fantasía y antiguo Egipto», afirma que su investigación «confirma que la leyenda de la maldición no tiene sus orígenes en el Antiguo Egipto, y no sólo en la gran cobertura mediática que el descubrimiento tuvo en 1923, sino 100 años antes de la muerte de Lord Carnarvon».

Dejá tu comentario