Diario de ruta de un hombre desesperado

Espectáculos

«Luces rojas» («Feux rouges», Francia, 2004; habl. en francés).Dir.: C. Kahn. Int.: J. P. Darrousin, C. Bouquet, V. Deniard, C. Paul y otros.

La escena más extensa de esta atrapante película francesa ocurre en un bar de provincia, por la mañana, cuando un hombre desesperado, aferrado al teléfono que le presta la joven encargada del lugar, intenta dar con el paradero de su esposa, que ha desaparecido la noche anterior sin dejar rastros.

Helène (Carole Bouquet) abandonó el auto en el que viajaba con Antoine (Jean-Pierre Darrousin) como culminación de una pelea sorda, iniciada prácticamente al comienzo del viaje. Iban desde París hacia Tours para retirar a sus hijos, que terminaban de pasar unas vacaciones breves en esa ciudad. El malestar, en el trayecto, se infiere desde los primeros desencuentros, antes inclusive de subirse al coche. Helène llega tarde del trabajo, Antoine se molesta, baja a la calle con el pretexto de cargar nafta pero en realidad va a tomarse un whisky. Doble, como siempre, y ella no lo sabe.

Con escasos indicios, se percibe de inmediato el desasosiego en ese matrimonio. Como si faltara algo, la televisión anuncia embotellamientos en la ruta a Tours, fórmula ideal para que cualquier malhumor, cualquier reproche, estallen súbitamente y se transformen en un combate. Antoine, harto de que la hilera de autos avance a paso de hombre, toma un desvío de manera inconsulta. Helène se lo recrimina, cada vez más agria. Y, a la segunda parada en un bar de la ruta, cumple con su amenaza: desaparece del coche, con el anuncio de que va a seguir viaje sola, en tren. Algo que, como sabremos, nunca llegará a hacer.

En esa extensa escena a la que se aludía al comienzo, en la que Antoine va probando cada vez más angustiosamente una posibilidad tras otra ( destacamentos de policía, estaciones ferroviarias, hospitales, etc.), el espectador va siguiendo, reconstruyendo con él, el mapa imaginario de una tragedia presagiada mucho antes de esa desaparición.

Esta película de
Cédric Kahn se basa en una novela Georges Simenon: desde luego, en aquel Simenon sin el inspector Maigret, en el sombrío Simenon de los conflictos conyugales parcos y graves, en el Simenon de «El gato», aquel memorable duelo de silencios entre Simone Signoret y Jean Gabin, el film con el que más semejanzas guarda, al menos dramáticamente, « Luces rojas».

También aquí, como en la otra, hay un tercer personaje tan siniestro como el gato, sin su inocencia pero con igual poder de amenaza y destrucción. En cambio, a diferencia del más académico Pierre Granier-Deferre (director de «El gato») la elección de Kahn para la puesta en escena le debe mucho más a la tradición del film noir del camino: carreteras nocturnas, estaciones de tren solitarias, míseros bares con luces de neón, todos ellos escenarios perfectos para el «desvío» (una referencia obligada para los amantes del género: «Detour», rodada en 1945 por Edgar G. Ulmer). El desenlace del film es sorpresivo, pero de una manera muy especial. Hay que considerar, para entenderlo del todo, la especial mordacidad que siempre caracterizó a Simenon.

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