Tantos años de feminismo no transcurrieron en vano, y por eso la protagonista de «Oceánica, un cuento de sirenas» no adolece de amor, sino de ganas de vivir. Su encuentro con el joven pescador, si bien da pie a una serie de juegos y escarceos amorosos, también la ayuda a conocer mundo. Lo más interesante de esta cita inesperada es que permite confrontar dos mundos bien diferentes y de profundos contrastes.
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Mujer al fin, es la sirena quien parece estar más interesada en conocer todo aquello que compete al ámbito de su amado. Parte de sus inquietudes tienen que ver con la ciudad, y a ella se lanza con entusiasmo, pero sin muy buenos resultados. Finalmente, y pese a sus diferencias, los enamorados encuentran la manera de estar juntos.
Como es habitual en los trabajos de Patricia Dorín y Marde la obra. Los intérpretes, por su parte, aportaron un atrayente y expresivo despliegue físico, que ayuda a compensar la exce-siva linealidad de la pieza.
Sirena
Una de las mejores escenas de «Oceánica» es cuando la sirena aprende a hablar. Con gran sentido del humor, las autoras decidieron poner a la protagonista en un verdadero aprieto, puesto que no tiene más remedio que enfrentarse a las limitaciones de su identidad marina. Entre aullidos de foca y sonidos de delfín, la actriz Yamila Ulanovsky compone a una simpatiquísima sirena, más auténtica y carnal, pero paradójicamente con el mismo encanto que sus predecesoras. Por último, la escenografía de Oría Puppo y la iluminación de Gonzalo Córdova se articulan en admirable síntesis para recrear un sugestivo ambiente marino.
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