15 de junio 2000 - 00:00

"DULCE Y MELANCOLICO"

“ulce y melancólico”plain es lo más hondo que Woody Allen ha llegado dentro del cine de sentimientos, uno de los aspectos menos explorados, aunque nunca ausentes, de su obra. Por supuesto que la emotividad no le era extraña a «Hannah y sus hermanas», «Annie Hall», «Manhattan» o «Crímenes y pecados», por citar sólo unas pocas de sus películas, pero es en esta biografía de un imaginario guitarrista de jazz, y de su muda admiradora fiel, donde Allen menos necesitó del contrapunto humorístico, o del retruécano ingenioso o sarcástico, para entregarse sin defensas intelectuales a una verdadera historia de amor.El guitarrista se llama Emmet Ray, y tiene en Sean Penn a un intérprete de excepción. Simplemente maravilloso. La admiradora muda, también amante sumisa y frágil, es Hattie, así llamada por ese infaltable sombrerito tejido que la ayuda a soportar su andar, como si estuviera pidiendo permiso por existir.
Y
Woody Allen, que tantas otras veces «citó» explícitamente a su adorado Fellini, aquí lo hace sin pudores, con devoción: Hattie es Gelsominna, Hattie también es Cabiria; la delicada gestualidad de Samantha Morton, sus enternecedores matices de clown, su glotonería, su orgullo herido y todos sus silencios son el homenaje más prodigioso que el cine le haya hecho nunca a Giulietta Masina. Tanto es así que la decisión de hacer de Hattie un personaje mudo pueda obedecer, tal vez, al propósito de no quebrar con otro timbre el re-cuerdo de su voz cascada.
Emmet es un mundo aparte: aunque también le deba mucho al Zampanò de
Anthony Quinn (una escena clave así lo demuestra), el personaje es inconfundiblemente alleniano. Emmet es artista, timador y proxeneta, es indefenso e inseguro; es el «segundo mejor guitarrista del mundo» porque existe el inalcanzable gitano Django Reinhardt, a quien admira de manera reverencial y patológica.
Pero, aunque el personaje tenga varias de las características de las que suele reservarse para sí el propio
Allen, la personalidad dramática de Sean Penn, dueño de toda la pantalla apenas aparece, es lo suficientemente enérgica como para evitar el riesgo de caer en un molde demasiado conocido. Dicho de otra forma, a Penn no puede ocurrirle lo que sí le pasó a Kenneth Branagh en «Celebrity»: hacer de Woody Allen sin ser Woody Allen.
Penn es insustituible para este «looser» del jazz, aun con todo su talento para el punteo y la improvisación, y esas dos curiosas aficiones con las que intenta seducir mujeres (llevarlas a los baldíos para matar ratas, algo que le produce un goce intenso, o simplemente a ver pasar los trenes) parecen haber sido escritas para él. «Soy un artista», repite.
«Ninguna mujer puede pretender acompañar-me demasiado tiempo.» A la luz de esta frase, una de las escenas finales, con la cámara dándole plano sólo a él, será desde ahora otro de los gran-des momentos del cine de Woody Allen.
El papel de Uma Thurman, la sofisticada mujer «classy» que se enamora de Emmet casi como si se tratara de un experimento sociológico, no es en cambio el mejor de la película, aunque ella logre superar sobradamente el mero lugar de contra-punto de Hattie. Las escenas que juega con el mafioso que compone Anthony LaPaglia están logradas.
La fugaz intervención como actor del director de culto
John Waters, la sugerente fotografía del chino Fei Zhao, y un elenco de secundarios estupendos son virtudes no menores del film, que aun-que resigne algo de la construcción intelectual habitual en Allen gana, en cambio, en calidez y emotividad.

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