«El agua en la boca» (Argentina, 2003, habl. en español). Dir.: F. Arzeno. Guión: V. Miguel. Int.: S. D'Angelo, J. Marqués, D. Carreño, N. Fiore.
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¿C uánto pueden crecer los ecos de un relato apenas enunciado? Esto es, ¿qué pasa si uno cuenta apenas lo mínimo de una intriga, con el mínimo de recursos, en todo sentido? Tal, lo que se plantea esta película. Como el experimento es breve, apenas unos 76 minutos, se deja ver. Pero, del todo, del todo, no logra convencer, que eso ya es otra cosa.
El desafío sugiere una historia de tipo policial, acaso también política, con la menor cantidad posible de elementos, incluso diluyendo los pocos datos de los que el espectador pudiera agarrarse. Para el caso, un reducido grupo de jóvenes con apariencia de célula de algo se encierra varios días en un departamento semivacío, a la espera de órdenes, donde lo más interesante que pasa es ver cómo se va resquebrajando la autoridad, ella solita, por inoperancia, inútil prepotencia, y, sobre todo, inconstancia en el cumplimiento de sus propias reglas. Aparte, la sospecha de torpeza (quizá, torpeza criminal) en alguna otra situación parecida, lo cual se ilustra con unos vagos planos de exteriores, que son casi los únicos que airean el film.
Prácticamente todo el resto transcurre en interiores semi-vacíos -ya lo anticipamos-y penumbrosos. Incluso hay quienes parecen leer o jugar al ajedrez en la penumbra. Ya lo sospechará también el lector: esto lo han pergeñado unos actores, como excusa para desarrollar medidos juegos de improvisación escénica en una ubicación semiabstracta, donde pudieran contrapesarse, por ejemplo, los caracteres expansivos de algunos y los caracteres contenidos, pero con ganas de estallar, de otros.
Hay buenos antecedentes. «La conexión» y «El cuidador», por ejemplo. La diferencia es que, entre otras cosas, dichas obras estaban sostenidas en un texto muy rico y una contextualización bien precisa. Surge entonces otra sospecha: la principal culpable de todo esto, que tiene sus méritos, pero que en el fondo no dice nada ni se compromete con nada, y termina cansando, es la moda del minimalismo. Atractivo el final, que anticipa otra historia, quizás en otro tono, y ofrece buena música.
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