14 de julio 2004 - 00:00
"El autor debe saber observar el mercado"
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«La sombra del viento» cuenta de un chico de diez años que es llevado por su padre a un extraño «Cementerio de los libros olvidados» y debe elegir uno que le cambiará la vida, a partir de allí surgen múltiples historias con una intriga constante y una permanente mezcla de géneros. Dialogamos con Ruiz Zafón -que presenta su obra hoy a las 19.30 en el hotel Alvear-en su breve visita a Buenos Aires.
Periodista: En Estados Unidos dijeron que su novela es una reunión de García Márquez, Umberto Eco y Jorge Luis Borges.
Carlos Ruiz Zafón: Eso escribió Richard Eder en «The New York Times». Estamos acostumbradosa usar referencias, y ésas son honorabilísimas, pero no escribí un libro poniendo 30 por ciento de García Márquez, 30 por ciento de Eco, 30 por ciento de Borges y algunos condimentos personales.
P.: Muchos críticos han sumado otros referentes a su obra...
C.R.Z.: Como «La sombra del viento» es un libro de libros, con constantes referencias al mundo de la literatura, de la imaginación, de las ideas, cada lector descubre sus referencias, depende de la tradición de donde provengan o del bagaje de lecturas. En España ven a Marsé y Mendoza, los ingleses a la novela victoriana, los franceses a Victor Hugo y Balzac, son sus referentes. Mi idea no fue asimilar cosas de autores tan diferentes sino intentar retomar la gran tradición literaria de los novelistas del siglo XIX, que para mí son los grandes novelistas, Dickens, Victor Hugo y compañía. En ellos hay horror, comedia, sátira, de todo. Busqué descontruir esos modelos para reconstruirlos usando técnicas narrativas que evolucionaron a lo largo del siglo XX.
P.: Un regreso a las fuentes...
C.R.Z.: Hemos llegado a una visión tan limitada de la literatura que perdimos el sentido de la narración y se ha ido a otros medios más populares como el cine o la televisión, donde hay historias y personajes. Acaso porque, como ellos tienen presiones comerciales más grandes, están dando al público lo que se esperaba de la literatura: que le contara historias. Nos olvidamos que los clásicos fueron en su tiempo literatura popular, creemos que siempre vivieron entre algodones y naftalina. Es absurdo, eran novelas que se publicaban en los diarios por entregas, que tenían que ganar a sus lectores semana a semana en la dura batalla de retener su atención contando cosas que les interesaran.
Shakespeare era un guionista que reescribía comedias que se representaban en un establo, y tenía que retener a su público durante 5 horas con sus historias, y por eso debían ser apasionantes. En Shakespeare hay fantasmas, drama, aventuras, sainete, porque la vida tiene un poco de todo eso. El autor tiene el compromiso de que su lector disfrute, que sienta el placer de leer, que le provoque ideas y no que sea un somnífero, de una página a la noche para dormir.
P.: ¿Plantea un escritor « profesional»?
C.R.Z.: El oficio es importantísimo, hagamos lo que hagamos. La desidia, la improvisación, de nada valen. Aprenda a hacer su trabajo y hágalo lo mejor posible. El autor tiene una deuda con quien elige su libro -que le da su dinero y le entrega su tiempo- y debe ser pagada al cien por cien, o más.
P.: ¿Qué ocurre con la literatura considerada selectiva?
C.R.Z.: Como la literatura mueve mucho menos dinero que el cine o la TV, se ha permitido el lujo de ser un satélite alejado de las duras leyes del mercado, que es lo que afecta a todo.
P.: ¿Dónde coloca a un autor como Borges?
C.R.Z.: En el descubrimiento por los lectores y el boca a boca. Mi novela no fue fruto de una operación comercial. Cuando apareció era tan a contracorriente de las modas, de lo que se suponía comercial, que era un alienígena, fue sobreviviendo gracias a los lectores. Los éxitos comerciales en literatura duran poco, otra cosa son los libros que se recomiendan, que pasan de mano en mano.
P.: Resulta curioso que hoy interesen novelas de iniciación, historias juveniles, como su novela o como «Harry Potter», que no sólo leen adolescentes...
C.R.Z.: Un modelo clásico de narración es el de «la educación sentimental».Allí están «El cazador oculto», «Tom Sawyer», «David Coperfield» y tantas otras que siguen a un personaje a través de su vida y muestran cómo evoluciona. Remiten a nuestro propio descubrimiento de la realidad. Ofrecen una vivencia esencial, por eso hay un continuo apelativo de ese tipo de historias, si están bien hechas, porque la literatura es un arte de resultados, no de intenciones. Y seguirán siempre, porque son un reflejo de nosotros mismos, de cómo entendemos las cosas y cómo intentamos justificar nuestra existencia.
P.: ¿En que lo ayudó su trabajo de guionista?
C.R.Z.: La gramática del cine, como es sabido, evolucionó a partir de la literatura del siglo XIX, y es aprovechable por la novela. En el siglo XX comenzó a discriminarse la literatura «high brow», de élite, de la «low brow», la popular. Un gran fraude porque cuando Mozart compone una opera o Beethoven las sinfonías, cuando Victor Hugo o Dickens escriben, es para todo el mundo. Se hizo mucho daño con eso, se perdieron muchos lectores a los que se le hizo creer que la literatura es algo inútil y aburrido. A mediados del siglo XX la literatura se olvida de la narrativa y el cine parece absorberla. Escribiendo guiones de cine confirmé la importancia de la arquitectura del relato, de su economía, y que, así como el cine ofrece imágenes, música, debía encontrar en él aportes que hicieran mi relato más eficaz y la experiencia del lector más intensa.
P.: ¿Cómo enfrenta la envidia de sus colegas?
C.R.Z.: En España la envidia es un deporte nacional. Es la religión de los mediocres, ofrece consuelo, contesta todas las preguntas, se apodera del alma y, a veces, la pudre. Un autor, de los consagrados, me dijo: «eres el hombre más envidiado de la literatura española», creo que quiso decir más odiado. Yo evito las capillas porque los besamanos y las palmaditas en la espalda nada tienen que ver con la literatura, y mucho menos los ayatollahs de la cultura que buscan imponer su canon.
Entrevista de Máximo Soto


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