«Ballet Nacional de España.» Dir. artística: A. Gómez. Invitados: J. Huertas y L. Ortega. Primer bailarín: A. Naranjo. Coordinador mus. y saxo: P. Ontiveros. Programa: «Oripandó»; «Ritmos», «Mensaje», «Silencio rasgado» y «Luz del alma». Coreóf.: A. Galia, I. Galván, I. Bayón, Currillo, A. Lorca, J. Latorre y A. Gómez. (Teatro El Nacional hasta el domingo 26.)
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Cuando se levanta el telón se instala un sol radiante en el escenario, ya que la primera obra se titula precisamente «Oripandó», que significa sol en gitano. El estupendo Ballet Nacional de España, que Buenos Aires conocía por visitas anteriores, retornó con la dirección de la bailarina y coreógrafa Aída Gómez y derrochó talento no sólo en el baile y el canto de estirpe flamenca sino también en el cuidado formal de todo el espectáculo compuesto por cinco obras conectadas entre sí por la pulsión de la danza y la perfección de sus bailarines. Precisamente «Oripandó» es un vivaz cuadro de atmósfera flamenca diseñado por la imaginación nerviosa y desbordante de impulso de cuatro jóvenes coreógrafos: Galia, Galván, Bayón y Currillo, que no dan respiro al espectador. El flamenco que se propone no es sólo folklore sino una visión estilizada de los distintos «palos» del flamenco. La energía de la compañía encabezada por José Huertas y Luis Ortega, excepcionales ambos, es primordial en esta exhibición de homogeneidad y acérrima disciplina.
Los diseños lumínicos y la elegancia del vestuario suman méritos al espectáculo que cuenta con un conjunto de guitarristas, cantores, percusionistas e instrumentistas de viento de primer orden. Con características similares se vio luego «Ritmos», de Alberto Lorca, con música grabada de José Nieto. Dos coreografías de Aída Gómez se sumaron más tarde. «Mensaje» es un cuarteto femenino de innegable glamour y formas sinuosas que representan la presencia sensible y poética de la mujer en lo flamenco. Lo mismo que el solo que a continuación tuvo como protagonista absoluta a Aída Gómez, que en «Silencio rasgado» bailó sobre música de Jorge Pardo un diseño de enorme virtuosismo, sorteado con rigurosidad técnica y sensualidad a flor de piel. La estrella de la compañía se ganó una de las mayores ovaciones de la noche, brillante por cierto. El final vino con «Luz del alma», un ballet de Javier Latorre. Una vez más la conjunción de solos y conjuntos se alternaron en un entramado de gran belleza plástica y volvió a apreciarse un estilo de danza elegante, vigoroso y aunque «aggiornado», atado a la tradición del baile andaluz. El público no quería abandonar la sala cuando finalizó la representación. Es comprensible.
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