1 de mayo 2000 - 00:00
"EL CASAMIENTO"
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En la primera escena, grotesca y trágica a la vez (es el tono dominante de casi todo el film), el señor Khan está casando a su primogénito, Nazir, con una mujer que desde luego él mismo le ha seleccionado. Pero el rostro y la actitud de Nazir revelan que ninguna de ambas elecciones lo alegra en demasía: ni la mujer que le asignan como esposa ni, para no andar con rodeos, el hecho mismo de que sea mujer.
El «no» de Nazir y su fuga, que funciona como divertida parodia a las comedias hollywoodenses, es apenas la primera de las humillaciones para el padre del novio (sin contar que aún ignora cuál es el auténtico objeto de deseo del descarriado); poco después, al menor lo descubren, en el colegio, incircunciso. Y así continuarán los desafíos a la monolítica conducta del señor Khan, en un Occidente que parece burlarse, como sus hijos, de sus tradiciones y creencias.
Aunque «El casamiento» no alcance una estatura dramática de dimensiones (su origen es una obra teatral muy exitosa, que se representó por más de una temporada en Inglaterra), es un retrato chispeante y sagaz del derrumbe de un pater familiae que ya no se reconoce en la historia que le toca. Acertadamente, la acción se traslada 3 décadas atrás, cuando los síntomas de esos cambios recién empezaban a mudarse, en Europa, de las revistas y los medios de comunicación al interior de las familias mixtas.
La película, que transita desde la comedia de costumbres a la pura tragedia (todo enfrentamiento padre-hijo lo es, desde los griegos hasta aquí), se muestra muy hábil en la exposición de la contradictoria figura del señor Khan (interpretado por un excelente actor, Om Puri), a quien no puede terminar de odiarse ni quererse del todo. El libro lo expone a situaciones extremas que van desde el padre sacrificado hasta el hombre golpeador.
Pero, el director y su puesta lo recuerdan a cada momento, la intención de esta obra no es ser Eurípides sino también divertir. Hay escenas desopilantes, como la presentación de otras dos feísimas candidatas a sus hijos del medio (en una ciudad llamada Bradford, a la que los ingleses rebautizan Bradjistán), o las estratagemas de los más chicos para comer embutidos sin que el padre se entere, sostienen el espíritu de la comedia aún cuando se estén tratando cosas graves. Un film para ver.




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