23 de septiembre 1999 - 00:00

"EL CASO THOMAS CROWN"

C on las ¿debidas? licencias y actualizaciones, se ha cometido una remake de la ya treintañera película de Norman Jewison, «El affaire de Thomas Crown (Sociedad para el crimen)». Es cierto que dicho film dejó algunos cabos sueltos, y que, aún siendo bueno, podía ser todavía mejor. Pero la re-make no lo supera.
El cuento sigue siendo básicamente el mismo. Un joven y exitoso hombre de negocios le pone adrenalina a su vida, organizando un robo impresionante. Nadie sospecha de él, salvo la detective de una empresa de seguros. Ambos seres excepcionales se desconfían, se admiran,... se aman. Pero, indefectiblemente, sólo uno ganará la partida.
De todos modos, abundan las diferencias con el original: por ejemplo, un cuadro en vez de billetes, criminales tenebrosos y extranjeros en vez de profesionales americanos, pavo por pollo, catamarán por polo, Martinica por Suiza, una psicoanalista que explica lo que pasa, gente que habla demasiado, y, como si fuera algo alegórico, una casa ya instalada en vez de otra en construcción. Pero, claro, hay otras diferencias más importantes. La nueva versión hace que uno extrañe la química de
Steve McQueen y Faye Dunaway, el famoso juego de pantalla dividida, mediante el cual se contaban dos asaltos bancarios (uno al comienzo y otro al final), mérito del fotógrafo Haskell Wexler, y se extraña también la habilidad con que el autor ponía al público a favor del delincuente.
Al menos, no se extraña la canción de
Michel Legrand «Los molinos de tu pensamiento», que ahora aparece dos veces, aunque ninguna de ellas en el cementerio. No hay cementerios en esta nueva versión. Tampoco asaltan ningún banco, ni la compañía de seguros secuestra ningún niño para chantajear a un pobre gordo (memorable actor de reparto Jack Weston). Aún más, ahora el pillo devuelve lo robado. Y, lo peor, manejando una seducción demasiado directa, Rene Russo, con esa cara de travesti que tiene, ejercita con ostentación una extraña consigna de estos tiempos: «El hombre elegante, y la mujer dominante». Esto a Steve McQueen no le pasaba.

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