29 de julio 2004 - 00:00

El Che joven en buen viaje y sin arengas

Gael García Bernal, como el joven Ernesto Guevara, en el logrado film de Walter Salles «Diarios de motocicleta».
Gael García Bernal, como el joven Ernesto Guevara, en el logrado film de Walter Salles «Diarios de motocicleta».
«Diarios de motocicleta» (Motorcyle Diaries, EE.UU.-G.Bret.-Fr.Arg., habl. en español). Dir.: W. Salles. Guión: J. Rivera. Int.: G. García Bernal, R. de la Serna, M. Maestro, A. Costa, G. Aguilera, G. Bueno, J. Vásquez, J. Chiarella, J.P. Noher, M. Morán.

Quienes sospechaban que la Palma de Oro de Cannes al brulote «Fahrenheit 9/11» era una exageración, y que en competencia seguramente había cosas mejores, aquí tienen la prueba. «Diarios de motocicleta» es, en todo sentido, una señora película, hecha por gente de verdadero oficio cinematográfico, notable en todos los rubros, señalable también en su mirada, y bien entretenida, aunque, claro, no levante las fáciles ovaciones de la otra.

La emoción que busca es de una índole más interna, más reflexiva, y la forma es aparentemente más conservadora: un relato de aventuras, ya que a fin de cuentas recrea la gira sudamericana que en 1952 realizaron el entonces estudiante de medicina Guevara de la Serna y el bioquímico Alberto Granado, combinando escalas turísticas y de las otras, desde Buenos Aires y Miramar hasta el Lago Frías, Chile, y Perú, con transformadora pasantía en un leprosario amazónico.

Así también, la película combina picardías varoniles (hay tantas chicas en los pueblos...) con duras realidades que llevan hacia la madurez de los personajes. La América profunda, que le dicen.

Asunto ideal, entonces, a nivel temático, para ver cómo se forja un carácter, y cómo, pese al medio siglo transcurrido, muchas cosas siguen igual que antes. Pero ideal en términos de espectáculo para armar toda una recreación de época, y todo un equipo recorriendo esos mismos caminos, como acá se hizo, con asociados y contratistas locales cuidando hasta el mínimo detalle, con lujos de fotografía, edición (el mismo de «Cidade de Deus»), música (Gustavo Santaolalla) y elenco, sin que nadie, además, parezca de cartón pintado, ni diga frases rimbombantes.

Un ejemplo, la composición de Rodrigo de la Serna -no sólo la tonada sin exageraciones, sino hasta la pose medio cachadora de un típico profesional cordobés-, pareja con la muy buena caracterización del estelar García Bernal.

No cualquiera dirige semejante película, tan cuidada, sensible, y entretenida. Los elogios le corresponden a
Walter Salles, el mismo de «Estación Central». Pero además de hacerla bien, había que saber darle un enfoque.

Documentales anteriores, y algunos proyectos frustrados, sobre el mismo viaje remarcaron el lado político. La llamada «toma de conciencia». Por suerte en este caso los productores, mayormente angloamericanos, el director brasileño, y el guionista portorriqueño prefirieron ver algo más allá, y pusieron el acento en tres viejos valores argentinos, que se van afirmando a lo largo de la historia: la generosidad, la entereza, y la amistad sin revés, de por vida, como era antes. Ese es el tema, mucho más profundo, que corona preciosamente la obra.

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