5 de abril 2002 - 00:00

El cinismo de Wilder, hoy se lee como realismo prematuro

Billy Wilder
Billy Wilder
U n matón con una metralleta se mete en una enorme torta hueca; le han encargado sorprender a un poderoso gángster y matarlo. Uno de los secuaces le ayuda a entrar, y le advierte: «No arruines la torta. Prometí llevarles un pedazo a mis niños».

El secuaz es un personaje menor en una escena sin importancia de «Una Eva y dos Adanes», pero Billy Wilder no pudo resistir la tentación de regalarle unas palabras con un efecto brillante e inesperado. Así convirtió al segundón, en el breve momento en que aparece ante nosotros, en un personaje tan gracioso como su creador. En realidad es exactamente como Wilder. Sus guiones eran precisos, reveladores; fueron manantiales que nutrieron cuatro décadas de lo mejor de Hollywood: Greta Garbo («Ninotchka»), Barbara Stanwyck («Pacto de Sangre»), Gloria Swanson («El ocaso de una vida»), Audrey Hepburn («Sabrina» y «Ariane»), Marilyn Monroe («La comezón del séptimo año» y «Una Eva y dos Adanes»), y Jack Lemmon (en siete películas). A los espectadores les dio dramas complejos, héroes adultos e imperfectos y algunos de los diálogos más sabrosos de la historia del séptimo arte.

Ser el más inteligente en el mundo cinematográfico le deparó satisfacciones: seis Oscars (de 20 nominaciones) por su trabajo haciendo guiones, produciendo y dirigiendo, además del premio Irving J. Thalberg. También le valió a Wilder el título de cínico, que le reservaron sus críticos más acérrimos. Para Wilder la condición humana vive bajo una piedra,y la mostraba así, reptando como un insecto sorprendido por la luz. Hace casi 40 años el crítico Andrew Sarris escribió: «Wilder es demasiado cínico como para creer en su propio cinismo».

Pasado el tiempo, la perspectiva de Wilder ha cobrado una vigencia incuestionable. Si uno considera las atrocidades políticas y la obtusa inmoralidad de nuestra época, la conclusión es que Wilder no era un cínico sino un realista prematuro. Este judío polaco que abandonó Alemania en 1933 y perdió a parientes en Auschwitz se había ganado el derecho a ser un poco escéptico ante el género humano.

Pero aunque fuera cínico, mostraba un entusiasmo cáustico y hasta un desvergonzado aprecio por aquellos rufianes que estafan para hacerse ricos, planean asesinar al esposo cornudo, explotan la miseria de un hombre atrapado en una mina, escapan de Stalag 17, engañan a la ley, empujan a otros para lograr ascensos, engañan a compañías de seguros, o hacen lo que sea para quedarse con la chica. Para Wilder la dualidad de la humanidad no era entre los que tienen y los que no, sino entre los que tienen y los que procuran tener. Admiraba el perfil estadounidense más feo, el de hombres impetuosos y descorteses y mujeres interesadas.

Placer maduro

Es difícil pensar en otro creador cinematográfico cuyas películas nos hayan dado semejante grado de placer maduro, inteligente, y que después de tantos años aún permanezcan tan frescas -y entiéndase el adjetivo con todas sus connotacionescomo cuando las creó. Y si alguna vez falló... «Pues bien», como dice Joe E. Brown al final de «Una Eva y dos Adanes», cuando se entera de que su prometido (Lemmon) es en realidad un hombre, «nadie es perfecto». Había un poco de Billy en cada uno de estos personajes. Era un buscavidas por naturaleza y a fuerza de las circunstancias. De hecho Wilder reinventó la primera parte de su vida cada vez que le preguntaron sobre ella. Era un mentiroso brillante, y aprendía muy rápido. Llegó a Hollywood en 1934 sin saber una palabra de inglés, y menos de un año más tarde ya estaba escribiendo guiones.

Su propia adaptabilidad le permitía ver ambos lados de cualquier asunto. En
«Pacto de sangre», el asegurador Edward G. Robinson toma nota de las estadísticas sobre el suicidio con la velocidad y el fervor de un fanático de fútbol que recita de memoria la delantera de Brasil del Mundial del '50. Y dos décadas más tarde, en La bandeja de plata , el inescrupuloso Walter Matthau dice sobre el sucio mundo de los seguros: «Tienen tanto dinero que no saben qué hacer con él. Se quedaron sin lugar dónde guardarlo -lo tienen que poner en microfilm... Entonces no me vengas con escrúpulos». Wilder nunca andaba a medias tintas; daba saltos mortales para capturar una posición y luego la contraria,y siempre caía de pie.

A eso se le llama drama: al conflicto entre dos puntos de vista seductores. El talento de
Wilder para crear esa magia era tal que de cinco de sus guiones («Emilio y los detectives», «Bola de fuego», «El mayor y la menor», «Pacto de Sangre», «Sabrina») se hicieron nuevas versiones años más tarde,y otros cuatro («Ninotchka», «Piso de soltero», «Una Eva y dos Adanes», «El ocaso de una vida») fueron sintetizados en musicales de Broadway.

En la obra de
Wilder a veces la batalla se libra entre los malos y los peores, como en la inmortal «Pacto de sangre», en la que Stanwyck y Fred Mac-Murray participan de una especie de danza de apareamiento entre dos escorpiones. Pero normalmente fusionaba con efervescencia el romance con el cinismo. El cínico se queda con las mejores frases, pero Wilder se asegura de que las peleas entre el corazón y la razón sean limpias. A menudo le daba al corazón todas las armas como para ganar -como en el clímax de «Una Eva y dos Adanes» , cuando una desconsolada Monroe canta (temblorosa y encantadoramente) «I 'm Through With Love» (Ya terminé con el amor), y Tony Curtis se bambolea sobre sus tacones para darle el beso más extrañamente apasionado en la historia del cine.

Un conservador

Wilder tenía un temperamento conservador. Su carrera en Hollywood la pasó virtualmente en dos estudios, Paramount y luego United Artists. Como escritor trabajó con Charles Brackett en 15 películas durante doce años (1938-50), y con I.A.L. Diamond en 12 películas a lo largo de un cuarto de siglo (1957-82). Permaneció casado con la misma mujer durante más de medio siglo. Siempre fue fiel a su cáustica musa, tanto en los momentos en que sus películas fueron recibidas con aprobación como después, cuando captaron la indulgencia de la crítica y la indiferencia popular. Las modas cambiaron; él no. Hollywood ganó dinero con Wilder, la imitó en películas de artistas menores, y finalmente la jubiló.

Sin embargo el viejo profesional siguió yendo a la oficina, planeando guiones, soñando historias. Sólo hacia el final reconoció las crueldades del paso del tiempo. En un tributo que se le rindió en 1997 contó la historia de anciano que le cuenta a su doctor que ya no puede orinar.
«¿Cuántos años tiene?», le pregunta el doctor. El hombre le contesta que tiene
90. El diagnóstico del doctor:
«Usted ya ha orinado lo suficiente».

Seguramente el cinismo del cine de
Billy Wilder fue ácido. Pero viéndolo en retrospectiva, ¿no brilla con la dulzura de las burbujas de champagne?

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