5 de abril 2002 - 00:00
El cinismo de Wilder, hoy se lee como realismo prematuro
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Billy Wilder
El secuaz es un personaje menor en una escena sin importancia de «Una Eva y dos Adanes», pero Billy Wilder no pudo resistir la tentación de regalarle unas palabras con un efecto brillante e inesperado. Así convirtió al segundón, en el breve momento en que aparece ante nosotros, en un personaje tan gracioso como su creador. En realidad es exactamente como Wilder. Sus guiones eran precisos, reveladores; fueron manantiales que nutrieron cuatro décadas de lo mejor de Hollywood: Greta Garbo («Ninotchka»), Barbara Stanwyck («Pacto de Sangre»), Gloria Swanson («El ocaso de una vida»), Audrey Hepburn («Sabrina» y «Ariane»), Marilyn Monroe («La comezón del séptimo año» y «Una Eva y dos Adanes»), y Jack Lemmon (en siete películas). A los espectadores les dio dramas complejos, héroes adultos e imperfectos y algunos de los diálogos más sabrosos de la historia del séptimo arte.
Su propia adaptabilidad le permitía ver ambos lados de cualquier asunto. En «Pacto de sangre», el asegurador Edward G. Robinson toma nota de las estadísticas sobre el suicidio con la velocidad y el fervor de un fanático de fútbol que recita de memoria la delantera de Brasil del Mundial del '50. Y dos décadas más tarde, en La bandeja de plata , el inescrupuloso Walter Matthau dice sobre el sucio mundo de los seguros: «Tienen tanto dinero que no saben qué hacer con él. Se quedaron sin lugar dónde guardarlo -lo tienen que poner en microfilm... Entonces no me vengas con escrúpulos». Wilder nunca andaba a medias tintas; daba saltos mortales para capturar una posición y luego la contraria,y siempre caía de pie.
A eso se le llama drama: al conflicto entre dos puntos de vista seductores. El talento de Wilder para crear esa magia era tal que de cinco de sus guiones («Emilio y los detectives», «Bola de fuego», «El mayor y la menor», «Pacto de Sangre», «Sabrina») se hicieron nuevas versiones años más tarde,y otros cuatro («Ninotchka», «Piso de soltero», «Una Eva y dos Adanes», «El ocaso de una vida») fueron sintetizados en musicales de Broadway.
En la obra de Wilder a veces la batalla se libra entre los malos y los peores, como en la inmortal «Pacto de sangre», en la que Stanwyck y Fred Mac-Murray participan de una especie de danza de apareamiento entre dos escorpiones. Pero normalmente fusionaba con efervescencia el romance con el cinismo. El cínico se queda con las mejores frases, pero Wilder se asegura de que las peleas entre el corazón y la razón sean limpias. A menudo le daba al corazón todas las armas como para ganar -como en el clímax de «Una Eva y dos Adanes» , cuando una desconsolada Monroe canta (temblorosa y encantadoramente) «I 'm Through With Love» (Ya terminé con el amor), y Tony Curtis se bambolea sobre sus tacones para darle el beso más extrañamente apasionado en la historia del cine.
Un conservador
Wilder tenía un temperamento conservador. Su carrera en Hollywood la pasó virtualmente en dos estudios, Paramount y luego United Artists. Como escritor trabajó con Charles Brackett en 15 películas durante doce años (1938-50), y con I.A.L. Diamond en 12 películas a lo largo de un cuarto de siglo (1957-82). Permaneció casado con la misma mujer durante más de medio siglo. Siempre fue fiel a su cáustica musa, tanto en los momentos en que sus películas fueron recibidas con aprobación como después, cuando captaron la indulgencia de la crítica y la indiferencia popular. Las modas cambiaron; él no. Hollywood ganó dinero con Wilder, la imitó en películas de artistas menores, y finalmente la jubiló.
Sin embargo el viejo profesional siguió yendo a la oficina, planeando guiones, soñando historias. Sólo hacia el final reconoció las crueldades del paso del tiempo. En un tributo que se le rindió en 1997 contó la historia de anciano que le cuenta a su doctor que ya no puede orinar. «¿Cuántos años tiene?», le pregunta el doctor. El hombre le contesta que tiene
90. El diagnóstico del doctor: «Usted ya ha orinado lo suficiente».
Seguramente el cinismo del cine de Billy Wilder fue ácido. Pero viéndolo en retrospectiva, ¿no brilla con la dulzura de las burbujas de champagne?




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