4 de noviembre 1999 - 00:00

"EL CLUB DE LA PELEA"

L a polémica sobre la violencia que generó esta película parece haber dejado en segundo plano otro problema grave: «El club de la pelea» es un film absurdo, larguísimo, ridículamente pretencioso, para colmo basado en una premisa argumental que resulta insostenible en imágenes durante la mayor parte de la proyección. Cuando era un realizador de comerciales que debía limitarse a filmar con estilo refinado un guión ajeno (como sucedió en su primera y mejor película, «Alien 3») David Fincher podía hacer un trabajo sólido, quizá demasiado recargado en sutilezas esteticistas («Pecados Capitales») pero siempre digno de verse. Ahora, Fincher se cree todo un «auteur», un realizador más revulsivo que Cronenberg (por momentos parece querer imitar «Crash»), más perfeccionista que Kubrick y más kafkiano y personal que el Terry Gilliam de «Brazil» o «12 Monos».
«El club de la pelea» es una película engañosa en muchos sentidos. El público creerá pagar la entrada para ver la historia de unos yuppies que organizan un nuevo tipo de boxeo clandestino y ultraviolento como modo de escape al estrés y al vacío del mundo moderno. Pero esto ocupa apenas un tercio del caprichoso argumento. El extenso prólogo muestra cómo Edward Nor ton, cansado de comprar costosos muebles de diseño sueco y trabajar en un puesto sin creatividad, se dedica a recorrer grupos de enfermos terminales (tuberculosis, parásitos, cáncer de próstata) como terapia contra el insomnio. Allí conoce a una extraña chica dark (Helena Bonham Carter) con quien luego forma un extraño trío, ya que su casa vuela en una misteriosa explosión y se va a vivir con su nuevo amigo Brad Pitt, una especie de terrorista urbano (orina en la sopa de los restoranes donde trabaja) con el que inaugurará el «Club de la pelea».
El guión nunca termina de ubicarse en una cosa o en otra, las peleas están filmadas superficial-mente, sin que el espectador sepa cuáles son sus consecuencias reales (salvo que los miembros del club se reconocen por las curitas en la cara). En algún momento del aburrido metraje, el club degenera en una especie de organización fascista tipo
«The Wall» (hasta la referencia a Alan Parker le queda chica a Fincher) y entonces «El club de la pelea» prepara sorpresas al mejor estilo «El sexto sentido», sólo que con un pobre Edward Norton recordando al Bruce Campbell de la comedia de terror «Noche alucinante». Si las dos horas y pico se aguantan es debido a la solidez de Norton (casi el único intérprete que no sobreactúa grotescamente) y a que los insustanciales juegos visuales de Fincher aunque sea ofrecen alguna diversión, como un endeble calidoscopio de cotillón. Lo mejor, lejos, es la música electrónica de los Dust Brothers. Un buen consejo: ahorrar en la entrada y comprarse el CD.

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