20 de agosto 2004 - 00:00

El desamparo, por buenas actrices

«Donde el viento hace buñuelos» de Arístides Vargas. Dir.: C. Ianni. Int.: B. Dellacasa, T. Galimany. Mús.: O. Aguilar. Esc. y Vest.: S. Krasinsky (Teatro «Celcit».)

El teatro de Arístides Vargas (actor, director y dramaturgo, nacido en Córdoba en 1954 y radicado en Ecuador desde 1977) apunta a la recuperación de la memoria, con temas asociados al desarraigo afectivo del exilio, la soledad intrínseca del ser humano y el paraíso perdido de la infancia. Sus personajes tienden a engolosinarse con las palabras, envolviendo sus recuerdos en un sugestivo clima onírico o reconstruyendo su historia con una gran proliferación de figuras poéticas. Estos son recursos que el autor equilibra con un irreverente sentido del humor.

«Donde el viento hace buñuelos»
está protagonizada por dos mujeres desamparadas que van pasando revista a su historia personal mientras esperan -dentro de un ámbito deliberadamente impreciso-que alguien les dé cobijo. La pieza está estructurada en 45 escenas, cada una con su pequeña anécdota o leit motiv, que se van entrelazando sin ningún orden temporal. Los hechos del pasado son narrados a veces con ironía otras con dolor, pero en general predomina una mirada casi mítica de los vínculos familiares.

Las dos protagonistas funcionan en forma complementaria Catalina (Beatriz Dellacasa) encarna la nostalgia, la pesadumbre y los miedos del que ha perdido su lugar de referencia. En cambio, Miranda ( Teresita Galimany) es una criatura de encendido lirismo que corre el riesgo de resultar demasiado literaria, pero los variados recursos expresivos de la actriz le imprimen una conmovedora humanidad a este personaje. Sus desopilantes diálogos con el perro Buñuelo (un títere al que Galimany le presta un acento español de oscura sensualidad) son lo mejor de la puesta. Son muy risueñas las evocaciones de ciertas figuras ligadas a la autoridad (la madre de Catalina, la monja que recrimina a Miranda su afición al cine de Buñuel).

El director Carlos Ianni subrayó el carácter lúdico de la obra prescindiendo de escenografías y apoyándose fundamentalmente en la ductilidad de sus actrices. Si bien hay algunas escenas que se estiran innecesariamente, el espectáculo logra transmitir ese espíritu mágico y algo ingenuo de quien encuentra en la poesía y la ensoñación el método más seguro para no contaminarse con las miserias de este mundo.

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