13 de agosto 2004 - 00:00

"El enviado" arruina una idea interesante

El film hace naufragar la idea de tratar un tema delicado como la clonación en un mar de clichés del cine de terror con niños perturbados o poseídos.
El film hace naufragar la idea de tratar un tema delicado como la clonación en un mar de clichés del cine de terror con niños perturbados o poseídos.
«El enviado» («Godsend», EE.UU., 2004, habl. en inglés). Dir.: N. Hamm. Int.: G. Kinnear, R. Romijn-Stamos, R. De Niro, C. Bright.

Cuando Ira Levin escribió «Los niños del Brasil», la palabra clon no era nada conocida. Cuando Franklin Schaffner adaptó esa novela, se ocupó especialmente de dedicarle un acto completo a la explicación científica sobre los experimentos nazis para clonar seres humanos. La película fue tan exitosa como el libro, pero todo este trabajo no logró que nadie se tome en serio la base científica, ciento por ciento real y rigurosa que daba pie a la trama de ficción.

En el siglo XXI, la clonación es un tema real, generalmente tratado por los medios con mucha menos seriedad que aquel didáctico fragmento del film de Schaffner con Gregory Peck encarnando al doctor Mengele. En este contexto, el tema de la clonación es tan delicado que la sola idea de hacer un film de terror directamente aplicado a lidiar con semejante asunto no entusiasma a ningún productor. Mucho más sencillo es sublimarlo en una space-opera como hizo hace poco George Lucas. Conociendo estos antecedentes, lo más elogiable de Nick Hamm y Robert De Niro es la audacia para hacer una película de terror sobre el drama de un matrimonio joven que pierde a su único hijo en un accidente, y sabiendo que la madre nunca más podrá quedar embarazada, ceden a la tentadora oferta de un científico genial, y un poco oscuro, que les promete un hijo básicamente idéntico al que acaban de sepultar.

• Retroceso

La verdadera película de terror sería una tan terrible como para limitar la imaginación al mínimo, y simplemente dramatizar partiendo de la más fría lógica las posibilidades surgidas de semejante adelanto científico, aún en el más exitoso de los casos. En este sentido, el camino más fácil es también el más difícil: el guión de «El enviado» elude sistemáticamente todo conflicto práctico y realista de esa familia decidida a hipotecar su futuro a la ciencia moderna, y en cambio retrocede a los clichés más elementales del terror psicológico-familiar destinados a historias con gemelos perturbados, niños perseguidos por espectros, posesiones diabólicas o fantasmas de entrecasa.

Resulta irónico que un equipo creativo decidido a aterrorizar con un tema candente, luego se vaya por las ramas al desarrollar la historia. Pero éste es el problema de «El enviado», un problema que ni los buenos actores (desaprovechados por la misma naturaleza del problema de la película) ni la buena resolución técnica del film pueden redimir del todo. El resultado no convence, pero igual hay que destacar tres aspectos positivos: el intento por acercarse a un tema problemático como pocos, un par de sustos convencionales pero bien insertados para hacer que el público pegue un buen salto, y el increíble profesionalismo del chico estelar (Cameron Bright), pequeño monstruito capaz de pronunciar sin pestañear frases como «Mamá ¿yo ya me morí?».

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