30 de noviembre 2000 - 00:00

"EL GRINCH"

El Grinch es un monstruo verde, peludo y suave, tan blando por fuera que se diría todo de algodón y efectos especiales: es algo así como la versión alucinatoria de Platero, oficiando de Yeti. Tampoco parece tener huesos, aunque su gran abdomen de bestia próspera de la Navidad del Norte es inocultable. Sus ojos no son de negro azabache sino claros y duros, fríos. Pero la mayor diferencia entre el burro y Jim Carrey, si las hubiera, es que el animalito tenía un trotecillo alegre, en tanto el actor, según acostumbra, parece conectado a un tomacorriente durante toda la película.
El Grinch, uno de los personajes más populares de los cuentos infantiles del norteamericano Dr. Seuss, gozó desde sucreación hace 43 años de casi todas las famas, salvo la de la globalización. La Universal intenta dar ahora el paso que faltaba, aunque no sin incertidumbres. Su estreno en los EE.UU., la semana pasada, la puso primera en recaudaciones, por encima de «102 dálmatas» y «El protegido»; sin embargo, en el resto de los territorios debe combatir contra el escaso o nulo conocimiento del personaje, de sus leyendas y su mundo, y hasta de un idiolecto propio que forzosamente se pierde en su versión doblada, y se desfigura en la subtitulada.
El pequeño pueblo navideño donde se ambienta la acción del cuento se llama Whoville («Ciudad de los Quién»). En la cumbre de una de sus montañas, guarecido en una cueva y acompañado únicamente por su perro Max, vive El Grinch, quien acometerá un habitual trabajito de villano: robarse la Navidad. Pero El Grinch no es como el monstruo de Tim Burton en «El extraño mundo de Jack»: su desdén hacia Santa Claus tiene un claro origen traumático y se remonta a cuando, de muy niño, fue humillado en el colegio.
Más que un demonio, entonces, El Grinch es un inadaptado.
A la pequeña Cindy Lou, contraparte del Mal en la historia, le tocará la tarea de recuperar la Navidad y el espíritu navideño; ella, en definitiva, es la responsable de convocar al Grinch a una fiesta, y su mediación es la única posible para que las cosas vuelvan a su orden natural.
El cuento del Dr. Seuss tiene todos los elementos para cautivar al público infantil y lograr su rápida identificación e interés, pero la versión crispada que le da Ron Howard, por momentos, se hace excesiva; ni qué hablar de las conocidas convulsiones de Carrey, quien acá tiene la doble tarea de actuar como suele hacerlo y, a la vez, de que nadie deje de advertir que no es otro más que él quien se oculta detrás de los kilos de poliuretano verde de maquillaje.
La superproducción está bien vestida, aunque también peque de los mismos defectos que su protagonista: la saturación. Sin embargo, y pese a que muchos padres puedan salir del cine con desarreglos sensoriales, los chicos pasarán un momento muy agradable.

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