El historiador hoy está desconcertado

Espectáculos

El historiador Félix Luna comenta la antología en 5 tomos de su revista «Todo es Historia» (Alfaguara) que presentará en la Feria del Libro. Y señala, entre otras cosas, la biografía de un prócer que considera su asignatura pendiente.

Periodista: ¿Publica una selección de notas de su revista?


Félix Luna:
Es un antología en 5 tomos. Sugerí que se llamara «Lo mejor de 'Todo es Historia'». Por supuesto que «lo mejor» es muy subjetivo.

P.: ¿Cómo los ordenaron?

F.L.: Cronológicamente, no por como aparecieron en la revista sino de modo que el conjunto casi seria una Historia Argentina, de la Conquista a tiempos contemporáneos. El primer artículo es una nota que yo escribí glosando un libro que apareció en España, «Pasajeros de Indias», que cuenta como era el viaje a Indias en el siglo XVI, las incomodidades, los piojos, la comida. Hay varios textos sobre la Conquista y la Colonia y notas sobre momentos importantes de toda nuestra historia. La revista abordó desde el comienzo temas contemporáneos, algo de gran audacia para la época, habla de la época de Frondizi, de Perón.

P.: ¿Cómo la armaron?

F.L.: Seleccionamos los artículos con María Saenz Quesada y mi hija Felicitas. Hubo acuerdo porque uno sabe cuales son los más interesantes. En 35 años hay cosas muy buenas y otras que no han tenido relevancia. Sólo discutimos sobre uno o dos.

P.: ¿Cómo hicieron -son muchos autores- con los derechos?


F.L.:
Muchos, efectivamente, pero la revista es propietaria de los derechos. Algunos autores lamentablemente han fallecido, como Miguel Angel Scenna, un colaborador asiduo de gran nivel. Era un oftalmólogo de la ciudad de Bolivar, pero un historiador nato. No se como sería como oftalmólogo, pero tenía ojo para la historia. En broma -en algún prólogo a una de sus obras- dije: «no se si el índice de mortalidad de Bolivar habrá subido, dado que Scenna se dedica tanto a la historia...». Además hay varios de María Saenz, de muchos otros colaboradores, y varios míos con seudónimo...

P.: ¿Por qué el seudónimo?

F.L.:
Sobre todo al principio de la revista usaba el de Felipe Cárdenas. Creía que si el director escribía daba la impresión de que faltaban colaboradores, entonces me inventé ese seudónimo con el que publicaba notas muy seguido.

P.: 35 años después de fundada la revista están en crisis como muchos medios y ha pedido ayuda a los lectores...


F.L.:
Es que hemos tenido, entre tantos problemas, el que en enero desapareciera, de un día para el otro, la empresa que distribuía la revista en el interior. Por lo cual muchos lectores no la encontraban en los quioscos y creían que había dejado de aparecer. Y el quiosquero lo primero que dice es: no, no, ya no sale más. Entonces sugerimos a los lectores que, hasta tanto encontráramos distribuidora, se suscribieran. Nos dejaron un clavo grande en dinero, fue un desastre. Enero fue horrible para nosotros. Bueno, para todos...

P.: ¿Está escribiendo?

F.L.:
Cosas. Un prólogo a las memorias de Marcelo Sánchez Sorondo, que presenté en noviembre en la Biblioteca Nacional. Un postfacio de un libro que no apareció aún de José Luis Calcagno sobre «La política militar de Alfonsín». Son compromisos que no puedo eludir y llevan tiempo, y como no tengo una de esas ideas que lo preñan a uno para escribír, me entretengo con esos pequeños artículos.

P.: ¿Cómo ve un historiador el momento argentino actual?

F.L.:
Estoy muy perplejo, por eso he dejado de escribir algunos artículos en diarios. Realmente no se que decir. Esta es una etapa que me desconcierta. Porque veo muchos aspectos en que todos tienen razón, y eso es espantoso. Es muy fácil tomar partido cuando se tiene la impresión de que hay una parte que tiene la verdad, como pasaba en la Segunda Guerra Mundial. Pero aquí, tomemos el caso del famoso corralito, los ahorristas tienen razón, nos han confiscado nuestros depósitos y los están licuando; el gobierno tiene razón, si da piedra libre el sistema bancario se defonda; y lo jueces tienen razón, cuando dan amparos a los ahorristas están defendiendo el principio de la propiedad privada, que es su obligación. ¿Cuál es entonces la salida? ¿Cual la posición que debería apoyar? No sé, y uno como historiador conecta la historia con lo que pasa...

P.: Por eso su perplejidad...

F.L.:
En el siglo V, en Suiza, un monje le escribía a otro de Alemania: «te escribo 'in signo balbus'», bajo el signo del balbuceo. No estaba seguro de nada. Estaba ante la invasión de los bárbaros, la caída del Imperio Romano, en una especie de final del mundo. Así que aquí estoy «in signo balbus».

P.: ¿Luego de su «Soy Roca» que otro prócer biografiaría?


F.L.:
Siempre me he sentido en falta con dos. Uno, Sarmiento. Pero ya cumplí con él con «Sarmiento y sus fantasmas». El que me quedaría, pero no tengo aún fuerza para encararlo, es Facundo Quiroga, al que le dediqué una semblanza en «Los Caudillos», que sería como el esqueleto de lo que podría llegar a escribir. Es un personaje interesante con facetas muy poco conocidas: fue banquero con sueños industriales para La Rioja, se asoció al capital inglés. Al lado de esto, uno ve que en lo substancial es como lo describió Sarmiento. Por supuesto el «Facundo» está lleno de errores históricos que el mismo Sarmiento reconoció, pero en esencia me parece que ese es el Quiroga verdadero. Esa sería una asignatura pendiente, que no se cuando voy a cumplir.

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