“La única forma de saber lo que el ser humano puede hacer es ver lo que ya ha hecho”. La frase, del filósofo e historiador inglés R. G. Collingwood, cierra “Nuremberg”, de James Vanderbilt, y es el eje sobre el que gira la totalidad del film. El nazismo no es un horror del pasado, sino que puede repetirse en cualquier lugar, en cualquier época.
El juicio a los nazis como laboratorio de la seducción del mal
Lejos del modelo clásico del cine judicial, “Nuremberg” pone en el centro la relación entre Hermann Göring y el psiquiatra Douglas Kelley, y revela hasta qué punto la manipulación de un narcisista puede resultar funesta
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Russell Crowe, un estupendo trabajo como el jerarca nazi Hermann Göring.
“Nuremberg” no se ocupa, como la famosa y multiestelar “El juicio de Nuremberg”, de Stanley Kramer (1961), del juicio a los jueces del Tercer Reich. Aquí estamos ante el proceso principal, el primero, el más brutal en su densidad histórica: el juicio a los jerarcas máximos supervivientes, entre ellos Hermann Göring, Rudolf Hess y Robert Ley. Ese juicio se desarrolló entre el 20 de noviembre de 1945 y el 1 de octubre de 1946. El de Kramer, en cambio, reconstruía uno de los procesos posteriores, el llamado “Juicio de los Jueces”, que tuvo lugar entre 1947 y 1948.
Esta no es una película judicial en sentido clásico. No es la arquitectura del veredicto, sino la crónica de una manipulación. El guión, basado en el libro “The Nazi and the Psychiatrist”, del periodista estadounidense Jack El-Hai, retrata en primer plano la enfermiza relación entre Göring y el psiquiatra militar Douglas Kelley (los protocolos del juicio contemplaban exámenes psicológicos periódicos a los acusados, para que éstos no fingieran demencia o amnesia durante el proceso).
El film se sostiene en dos actuaciones formidables. Russell Crowe compone un Reichsmarschall Göring impresionante, no sólo por la transformación física, aumentado de peso hasta volverse casi irreconocible, sino por la inteligencia de su interpretación: nunca sobreactúa el monstruo; lo sugiere a través del encanto. Y Rami Malek construye un Kelley contenido, vulnerable, progresivamente desestabilizado, cuya mirada se convierte en el verdadero campo de batalla de la historia.
Göring aparece como lo que fue, uno de los hombres más poderosos del Tercer Reich, pero sobre todo como un narcisista perfecto. Inteligente, irónico, seductor, dueño de una presencia que no necesita imponerse porque se infiltra. Kelley llega para evaluarlo, para medir su responsabilidad psíquica, pero pronto queda atrapado en una trampa que no percibe como tal.
La película describe con una precisión casi clínica ese vínculo. Kelley deja de ser observador para convertirse, lentamente, en instrumento. Lleva cartas a la esposa de Göring, se involucra emocionalmente con su entorno, se encariña con su hija (hay una escena extraordinaria en la que la niña toca el Nocturno 9 de Frédéric Chopin). ¿Cómo conciliar esa imagen íntima, doméstica, tierna, con la del responsable del horror? Kelley no puede. Y no puede porque Göring no se lo permite. Hasta lo persuade de que son “amigos” antes de hacerle una confesión.
Pero hay un punto de quiebre. Llega cuando comienza el juicio y se proyectan, por primera vez, los registros fílmicos de los campos de concentración. Es un momento histórico, los propios acusados enfrentados a la evidencia de sus crímenes, esas infames imágenes de los cadáveres apilados, que también es, para Kelley, un golpe devastador. Lo que hasta entonces había tratado de suspender mentalmente en una especie de incredulidad patológica, se vuelve insoportable.
Porque a esa altura Kelley no es más un observador neutral, empieza su derrumbe, se entrega al alcohol. Y eso tiene consecuencias concretas. Una infidencia suya a una periodista, un desliz que revela información sensible, se filtra a la tapa de un diario británico, y provoca un escándalo. Pero no es sólo eso: sus superiores perciben hasta qué punto ha quedado bajo el influjo de Göring, y lo remueven del cargo con un reemplazante con el que sostendrá agrias discusiones.
La película, con buen criterio, no dramatiza su desequilibrio como caída abrupta, sino como desgaste. Kelley no “traiciona” en el sentido tradicional; cruza la línea sin advertirlo. El último tramo introduce una dimensión aún más oscura. Kelley, años después, es un hombre roto: alcohólico, deprimido, atrapado en la sombra de aquello que creyó poder comprender.
De la banalidad a la manipulación
A diferencia de la idea de la “banalidad del mal” formulada por Hannah Arendt a propósito del juicio a Adolf Eichmann, Göring es todo lo contrario: carismático, brillante, consciente de su poder. No encaja en la figura del funcionario gris que “no piensa” y se limita a ejecutar órdenes, sino en la del líder que piensa demasiado.
Influir en alguien como Douglas Kelley, lúcido, profesional, preparado para no caer en trampas psicológicas, y que sin embargo empieza a ver a ese hombre como “humano” en un sentido que atenúa, o al menos suspende, el juicio moral. No porque ignore los hechos, sino porque la experiencia inmediata, la conversación, el trato, la intimidad, introduce una zona de peligrosa ambigüedad.
Ahí es donde la película roza a Arendt: en la inquietante facilidad con la que el mal puede volverse comprensible, cotidiano, incluso cercano. Ambos conceptos, lejos de excluirse, se potencian. Porque el mal puede ser banal en su ejecución y seductor en su presentación: no hace falta que vuelva con los mismos rostros, ni con los mismos signos. Basta con que vuelva a resultar convincente.
Hay una escena notable en la que, años después, Kelley acude a una entrevista radial para presentar su libro, “22 celdas en Nuremberg”. Allí pronuncia una advertencia que resuena como eco directo de la frase de Collingwood: “Hay gente como los nazis en cualquier época, en cualquier país, también en los Estados Unidos. Estoy seguro de que hay personas, en este país, hambrientas de poder, que aplastarían a la mitad de la población si eso les permitiera alcanzar sus fines. Si usted cree que los vamos a reconocer por el uniforme, usted está loco”. El libro fue un fracaso. Nadie quería escuchar eso en los Estados Unidos de la década del 50, los “fabulous fifties” de la prosperidad, el consumo y el optimismo de la posguerra.
En 1958, Kelley se suicidó bebiendo cianuro. De la misma manera en que lo había hecho Göring en su celda, poco antes de ser ejecutado. Esa simetría ha alimentado durante años una sospecha inquietante (sólo sugerida por el guión): que pudo haber sido el propio Kelley quien facilitó el veneno a Göring, permitiéndole evitar la horca. No importa tanto si eso es cierto. Importa que es verosímil.
Porque lo que “Nuremberg” construye, repetimos, es el recorrido de una manipulación perfecta. La idea de que el mal no siempre se presenta como tal, de que puede seducir, persuadir, incluso conmover. Y que comprenderlo, o creer comprenderlo, puede ser el primer paso hacia una forma de complicidad. De un individuo o de un país entero.
A diferencia del film de Kramer, donde el discurso final ordenaba moralmente la experiencia, aquí no hay clausura. Sólo queda esa frase, resonando como advertencia y como diagnóstico: la única forma de saber lo que el ser humano puede hacer es mirar lo que ya ha hecho. Y aceptar que podría volver a hacerlo. Dicho de otro modo, que la película tiene una actualidad escalofriante en el momento del siglo que estamos viviendo.
“Nuremberg” (“Nuremberg”, 2025, EE.UU.-Gran Bretaña). Dir.: James Vanderbilt. Int.: Rami Malek, Russell Crowe, Michael Shannon, Leo Woodall.
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